Esta es una página de difusión de la Fe Cristiana a la luz del Magisterio de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.

«Es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da Testimonio y Anuncia». (B. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, nº 24)
POR LAS FAMILIAS


Señor, Cuida a todas las familias del mundo, no Permitas su destrucción, no Dejes que los engaños del enemigo, disfrazados de "progreso", resquebraje su fundamento. No Permitas que la confusión, la ignorancia o el egoísmo, haga sucumbir más vidas por el aborto.
Mira con Bondad a las familias que hoy sufren por la persecución racial, política o religiosa. Acoge a tantas familias desintegradas por la guerra. Recoge en Tu mano Amorosa, las lágrimas de las madres y padres que sufren la pérdida de un hijo; la de aquell@s espos@s que han perdido a su cónyuge. 
Danos, la Gracia de estar siempre atentos y abiertos a la necesidad de nuestro prójimo, sin barreras ni prejuicios.
Señor, consagro mi familia a Tu Sagrada Familia de Nazaret. Ten Misericordia de nosotros, y Concédenos la Gracia de crecer más en el respeto mutuo, la comprensión y el amor. Y por sobre todas las cosas, Danos la Gracia de crecer cada día más en nuestro amor por Ti, a ejemplo de Tu Santísima Madre, María Bendita, y de San José, quien Te cuidó con esmero y delicadeza amorosa. Amén.
Semper Mariam In Cordis Tuo.

LO DEJAMOS TODOS POR SEGUIRTE


Los Apóstoles hacen notar a Jesús que han dejado todo por seguirlo. A primera vista sólo parece que Jesús realiza una Promesa, de que aquel sacrificio no quedará sin su recompensa. Y no está mal pensar así, pues el mismo Señor ya había advertido que todo sería dado por añadidura al que primero siempre buscara el Reino de Dios y Su Justicia (Mt. 6, 33).
Pero también, Sus palabras parecen envueltas en un dejo de tristeza. No olvidemos que aunque Marcos la omite, Mateo refiere que luego de exponer a Jesús lo que hicieron “por Él”, el Apóstol pregunta: «¿Qué recibiremos, pues?» (Mt. 19, 27).
Si seguimos leyendo el Texto de San Marcos, más adelante cuenta el Evangelista el episodio donde dos de ellos reclaman un lugar junto al Trono de Dios (10, 35-37).
Los corazones de sus discípulos se dirigían a Cristo, pero no eran todavía libres.
Habían dejado su vida atrás en seguimiento del Señor, pero aun esperaban obtener algo, sin comprender que ya lo habían recibido: el propio Jesucristo, pues «en Él somos Enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento» (1 Cor. 1, 5).
«Juzgo que todo es pérdida, dice el Apóstol Pablo, ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús» (Fil. 3, 8). Y no sólo le llama pérdida, sino que va más allá: «Tengo todo por basura con tal de ganar a Cristo».
¿Cuál es el verdadero Tesoro para nuestra alma?
Los Apóstoles ya lo tenían, pero no se daban cuenta de ello. Esperaban todavía una recompensa ante su sacrificio material. Yo dejé esto, ¿qué me toca? Y así es nuestra alma muchas veces. Hacemos un intercambio con Dios. Yo te doy, Tú me Das. ¿Cuántas veces reprochamos a Dios tantas oraciones, tantos ayunos, tantas Misas a las que vamos y parece que en nuestra vida no pasa nada, de lo que nosotros, por supuesto, suponemos debe pasar. Todo lo que yo hago por Dios, ¿y Él qué hace por mí? Ya recé mucho en mi vida.
Y aun así, nos seguimos considerando personas de Fe firme.
Ciertamente que los Apóstoles creían y querían a Jesús. Como nosotros. Pero al igual que ellos, esa Fe y ese querer, todavía necesita ser purificado. Dios no sólo Quiere que nos despojemos de las cosas materiales, Quiere que nos despojemos de nosotros mismos: «Dame, hijo Mío, tu corazón», nos dice a ti y a mí (Prov. 23, 6). El joven rico no supo deshacerse de sus bienes; nosotros, tal vez, no tengamos los mismos bienes que él poseía, pero tenemos uno que es sólo nuestro, y es, precisamente, nuestro corazón, nuestro amor. Es lo único que libremente podemos dar o negar. Todo lo demás, Proviene de Dios: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Cor. 4, 7).
«Alegrémonos, como escribe el Apóstol Pedro, aun cuando ahora tengamos que sufrir un poco por adversidades de toda clase, a fin de que nuestra Fe, sometida a Prueba, sea hallada digna de alabanza el Día de la Manifestación de Cristo» (1 Pe 1, 6-7). Jesús, que Es Dios, pero también Hombre Verdadero, Asumió nuestra naturaleza porque tú y yo estábamos perdidos, teníamos la Puerta del Cielo cerrada. El Amor, entonces, «se nos Revela en la Encarnación» (S. José Escrivá de Balaguer). No Vino, el Verbo Eterno, a esta tierra, para dar un paseo por la costa, ni para recostarse plácidamente al sol. Vino a este mundo para Hacer de Su Vida terrena, el Instrumento que rompiera las cadenas que cerraban esas Puertas Celestiales. Más aún, rompió con Su Muerte en la Cruz las cadenas que me ataban a los muros del Infierno. No estaba obligado, no estaba necesitado, no estaba condicionado. Quiso. Libremente. Y no sólo Dio Su vida, como si esto solo no bastara, sino que además, Quiso Quedarse cada día con nosotros y eso sucede en el Santísimo Sacramento del Altar, donde Está verdaderamente, con Su Cuerpo, Su Sangre, Su Alma y Su Divinidad. Un Santo le decía, «no sé qué me admira más, si Tu Amor, o Tu Poder».
Tal vez, como los Apóstoles, hemos dejado mucho. Quizás nos falta mucho más para abandonar por amor. Pero pidamos a Dios que nos Dé la Gracia de comprender que el mayor Tesoro que un alma puede poseer, es el mismo Dios. Y apurémonos por establecer allí nuestro corazón, pues Jesucristo lo dijo: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón» (Mt. 6, 21). Por eso, «como hijos obedientes, no vivamos conforme a las pasiones, que teníamos antes, en el tiempo de la ignorancia» (1 Pe 1, 14).
«En Dios solo, descansa, alma mía, de Él Viene mi Esperanza; solo Él mi Roca, mi Salvación, mi Ciudadela, no he de vacilar» (Sal. 61, 6).
Semper Mariam In Cordis Tuo.

BUENAS OBRAS Y VIRTUDES

«Dios Transforma los trabajos de los hombres en Virtudes y sus méritos en Recompensas; y como los cuerpos se corrompen, el alma toma posesión de la Gloria que ellos han merecido. Esta conmutación de los méritos en Recompensa se hace por medida y por número o, como dicen los teólogos, en proporción aritmética. Sí, Dios proporciona las Virtudes según el esfuerzo que se pone por adquirirlas y da la Gloria según el número y el valor de las Buenas acciones. 

Esto tiene que impresionarnos.

Dios nos Recompensará por la Justicia y por la cuenta de nuestras obras. Esforcémonos, hermanos míos, esforcémonos en la Virtud, multipliquemos el empeño, busquemos el Honor y el Beneplácito de nuestro Soberano Salvador; llevemos vida interior, aumentemos el Reino de Dios en nosotros. Hay un pasaje Apocalipsis que dice: «Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante mueren en el Señor. Sí--dice el Espíritu-- para que descansen de sus trabajos, porque sus obras van con ellos»: las obras buenas del justo lo acompañarán y Dios se las Recompensará, lo mismo que Castigará también a los malos, en proporción con sus iniquidades, con la pena del Infierno; pero lo Hará estrictamente y con esa proporción aritmética de la que acabamos de hablar.

Disminuyamos las miserias de nuestra alma y progresemos en la Virtud; Dios será exacto en recompensar nuestras Buenas obras y en castigar las Malas.

Así, pues, si Dios Obra de esta forma, ¿no hemos de mirar Su Justicia buscando Su Gloria, y mirar Su Gloria buscando Su Justicia? ¿No hemos de hacer todo el Bien que podamos para este fin, para que nuestras obras sean dignas de esta Conmutación de la Gloria y que la Gloria responda a las obras? No podemos espera que Dios nos Conceda una buena medida, y sobreabundante (Lc. 6, 38) , si nosotros nos portamos roñosamente con Él; hay que sembrar mucho con nuestras Buenas acciones, para recoger mucho en Recompensa, y así es como buscaremos la Justicia de Dios» (S. Vicente de Paúl, Fundador).

Semper Mariam In Cordis Tuo.
HACIA TI ME VUELVO, 
SANTA MADRE DE DIOS

«Hacia Ti me vuelvo, Santa Madre de Dios, Tú que has sido Fortificada y Protegida por el Padre Altísimo, Preparada y Consagrada por el Espíritu que sobre Ti Reposó, Embellecida por el Hijo que Habitó en Ti: Ayúdame con Tus oraciones, a fin de que Socorrido siempre por Ti y colmado con tus Beneficios; habiendo hallado Refugio y Luz junto a Tu Santa Maternidad viva yo para Cristo, Tu Hijo y Señor. Sé mi Abogada, Demanda, Suplica; pues, así como creo en Tu inefable Pureza, así creo también en la buena acogida que se hace a Tu Palabra.
Glorifica en mí a Tu Hijo: que Él se Digne Obrar Divinamente en mí el Milagro del Perdón y de la Misericordia, ¡oh, Servidora y Madre de Dios! ¡que por mí Tu Honor sea Exaltado, y que por Ti mi Salvación se Manifieste!
Así ocurrirá, ¡oh Madre del Señor!; si en mi búsqueda incierta me Acoges, ¡oh Tú, Toda disponible!; si en mi agitación me tranquilizas, ¡oh Tú, que eres Reposo!; si la inquietud de mis pasiones Tú la Transformas en Paz, ¡oh Pacificadora!; si Tú, que eres Dulzura, Endulzas mis amarguras; si Tú, que has Superado toda corrupción, me Despojas de mis impurezas; si Tú, ¡oh Gozo! de repente detienes la voz de mis sollozos.
¡Oh Tú, Madre del Altísimo Señor Jesús, Creador del universo y de todo, a Quien, de un modo indecible, Tú Diste a luz, con toda Su Humanidad y toda Su Divinidad, Él que, con el Padre y el Espíritu Santo, es Glorificado en Su Misterio de Dios y en Su Misterio de Hombre! ¡Para Él Sea la Gloria por los siglos de los siglos, Amén!» (S. Gregorio de Narek, Monje y Doctor de la Iglesia).
Semper Mariam In Cordis Tuo.
HEME AQUÍ, EN TU CORAZÓN

«¡Jesús!, yo soy la oveja perdida y Tú Eres el Buen Pastor, que Corriste Solícito y Ansiosamente en Busca de mí, me encontraste por fin, y después de Prodigarme mil caricias, me llevaste Alegre sobre Tus hombros y me condujiste al redil...

Verdaderamente soy, ¡ay de mí!, el hijo pródigo. He disipado Tus Bienes, los Dones naturales y Sobrenaturales, y me he reducido a la más miserable de las condiciones, porque huí lejos de Ti, que Eres el Verbo por Quien todas las cosas fueron Hechas y sin Ti todas las cosas son malas, porque son nada.

Y Tú Eres el Padre Amorosísimo que me Acogiste con Alegría cuando, enmendado de mis errores, volví a Tu Casa, busqué de nuevo Refugio a la sombra de Tu Amor y de Tu Abrazo. Tú volviste a tenerme por hijo, me Admitiste de nuevo a Tu Mesa, me Hiciste otra vez partícipe de Tus Alegrías, me nombraste como en otro tiempo heredero Tuyo...

Tú eres mi Buen Jesús, el Mansísimo Cordero que me Llamaste Tu amigo, que me Miraste Amorosamente en mi pecado, que me Bendijiste cuando yo Te maldecía; desde la Cruz Oraste por mí, y de Tu Corazón Traspasado por la lanza Hiciste brotar un chorro de Sangre Divina que
me Lavó de mis inmundicias, Limpió mi alma de sus iniquidades; me Arrancaste de la Muerte Muriendo por Mí, y Venciendo a la Muerte me Trajiste la Vida, me Abriste el Paraíso.

¡Oh Amor, oh Amor de Jesús! A pesar de todo, y por fin, este Amor ha Vencido: estoy Contigo, ¡oh Maestro mío, oh Amigo mío, oh Esposo mío, oh Padre mío! ¡Heme aquí en Tu Corazón!

Dime, ¿qué quieres que haga?» (S. Juan XXIII, Papa).

««¡Oh Señor, que yo padezca Contigo para ser Contigo Glorificado!» (Rom 8, 17).

Semper Mariam In Cordis Tuo.
NUESTRA RESPONSABILIDAD ANTE DIOS

La Gracia Actual

«Dios Concede siempre y a todos los hombres las Gracias suficientes para cumplir un Precepto o vencer una tentación. Precisamente porque son tantas, tan grandes y tan continuas las Gracias Actuales que Dios Derrama sobre nosotros, nuestra responsabilidad ante Él es grande si no correspondemos a ellas debidamente. El Apóstol San Pablo, aun en su profunda confianza en el Valor Infinito de la Sangre del Redentor, escribe, sin embargo: "Hemos de trabajar por nuestra Salvación con temor y temblor" (Flp 2, 12). Y en otro lugar: "Os exhortamos a no recibir en vano la Gracia de Dios" (2 Cor. 6, 1).

Es Doctrina teológicamente cierta que Dios, en Su Providencia Ordinaria, tiene subordinadas al Buen uso de las anteriores Gracias, las que posteriormente nos ha de Otorgar en todo el conjunto de nuestra vida. El haber sido voluntariamente infiel a una Gracia puede cortar la cadena que Dios nos hubiera Concedido sucesivamente, las cuales, en caso de infidelidad, se perderán irremisiblemente.

Recordemos la Parábola de la higuera estéril:

"Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?" Pero él le respondió: "Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no lo da, la cortas" (Lc. 13, 6-9).

De temer es, entonces, por muy duro que se oiga, que Dios Se Canse de nosotros si permanecemos en nuestra indolente esterilidad y lance esa Maldición de Cristo sobre la higuera estéril, que se secó enseguida y no volvió a dar fruto (Mt. 21, 19).

Es un hecho que, si Dios hubiera Concedido a muchos pecadores las Gracias tan copiosas que nos ha Concedido a nosotros, hace mucho tiempo que se hubieran Convertido y dado Frutos abundantes. Nos lo recuerda el Señor en el Evangelio hablando de las ciudades ingratas de Corazaín, Betsaida y Cafarnaúm (Mt. 11, 20-24).

No olvidemos, sobre todo, que nos ha de Juzgar un Dios Crucificado. Las Gracias que nosotros hemos malogrado Le Costaron Su Sangre. Con razón exclama S. Pablo, aludiendo a esta Sangre Preciosísima: "Habéis sido Comprados a un gran Precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo" (1 Cor. 6, 20). Un poco más adelante escribe otra vez: "Ya que habéis sido Comprados a Precio, no os hagáis siervos de los hombres" (1 Cor. 7, 23). Y el Apóstol S. Pedro insiste con la misma idea: "Considerando que habéis sido Rescatados de vuestro vano vivir...no con plata y oro corruptibles, sino con la Sangre Preciosa de Cristo" (1 Pe 1, 18-19)» (P. Antonio Royo Marín O.P.).

Oremos cada día, para que el Señor no deje de concedernos esta Gracia, y para que seamos siempre fieles a ella.

María, refugio de los pecadores, Ruega por nosotros. Amén.

Semper Mariam In Cordis Tuo.
DE CARA A LO QUE VIENE

«Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por el exceso de comida, por las borracheras y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre ustedes; ese día será como una trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la tierra. Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo, para escapar de todo lo que ha de ocurrir y puedan mantenerse en pie ante el Hijo del hombre» (Lc. 21, 34-36)

«¿Estoy preparado si hoy sobreviniese aquel día grande y terrible que anuncia el Señor al Fin de los tiempos, aquel día en que Él Vendrá Glorioso entre las nubes?

¿Soy consciente de que detrás de mi muerte está Cristo? ¿Cómo me presentaré ante Él? ¿Cómo estar preparado para ese momento crucial en el que se define mi Eternidad?

El Señor mismo nos da una clave fundamental en este Evangelio.

Conviene revisarnos:

¿Se ha entorpecido mi corazón por el “libertinaje”? ¿Es mi regla hacer “lo que me da la gana”, dejándome llevar adonde mis pasiones o impulsos me lleven? ¿Tomo mi libertad como un «pretexto para la carne» (Gál 5,13), despreciando la virtud de la Castidad que todo cristiano está llamado a vivir? ¿Hago de mi libertad «un pretexto para la maldad» (1Pe 2,16)?

¿Digo “soy libre de hacer lo que quiero” para justificar cualquier vicio o conducta que va contra cualquiera de los Mandamientos Divinos?

¿Cuántas veces asumo una actitud de evasión frente al Señor que Toca a la puerta de mi corazón? ¿Cuántas veces sencillamente “no quiero” encontrarme con el Señor y huyo de Su Presencia, huyo de la Oración profunda, porque sé que el verdadero encuentro con Cristo exige cambios o renuncias que no estoy dispuesto a asumir, que demanda despojarme de ciertas “riquezas” o “seguridades” que no quiero soltar? ¿Busco pasarla bien con alegrías y gozos superficiales y pasajeros, o con vicios y compensaciones que al pasar su efecto no hacen sino evidenciarme más aún el vacío en el que vivo?

¿Se ha vuelto pesado mi corazón por las preocupaciones de la vida cotidiana? ¿Cuánto me dejo absorber por las preocupaciones diarias que terminan ahogando la Palabra y Su Eficacia en mí?
¡Cuántas cosas nos preocupan, acaso muy lícitamente, preocupaciones que sin duda debo atender! Pero el corazón se hace pesado cuando nos dejamos agobiar o absorber por estas preocupaciones de tal modo que perdemos de vista el horizonte de Eternidad y dejamos de lado lo más importante: buscar el Reino de Dios y Su Justicia (Mt 6,33-34).

Dice San Pacomio: “En cuanto a ti, hijo mío, ¿hasta cuándo serás negligente? ¿Cuál es el límite de tu negligencia?" Este año es como el año pasado y hoy es como ayer. Mientras seas negligente, no habrá ningún progreso para ti.
Sé sobrio, eleva tu corazón. Deberás comparecer delante del Tribunal de Dios y rendir cuentas de lo que has hecho en lo secreto y de lo que has hecho públicamente.

He aquí que has aprendido que Dios no les ha ahorrado (pruebas) a los Santos. Vigila, entonces, sabes las Promesas que has hecho, huye de la arrogancia, arranca de ti mismo al diablo para que él no te arranque los ojos de tu inteligencia y te deje ciego.

Dale Gloria a Cristo porque ha Muerto por ti.

Vivir de cara al Señor que Viene no significa de ningún modo desentenderse de las realidades de este mundo, sino darles su justo valor y peso, así como trabajar por instaurarlo todo en Cristo, para construir una Civilización del Amor en la que todos los seres humanos caminen hacia el Encuentro definitivo con su Señor» (P. Jurgen Daum).

Semper Mariam In Cordis Tuo.
NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA

Hoy la Iglesia Celebra la Fiesta de nuestra Señora de Fátima. Demos gracias a Dios y a nuestra Madre del Cielo, por el Amor que arde en Su Corazón. Amor por ti y por mí. Porque no es otro el motor que Le mueve a tan Tierna Señora para Venir a Hablarnos e Iluminarnos.
Son muchos los que están preocupados por uno u otro “Secreto”, llegando a tratar a la Santa Iglesia de Cristo de "mentirosa" y otra variopintas acusaciones. Algunos, incluso, dicen que poseen el verdadero texto del secreto, y llenan internet con interminables publicaciones que otros, movidos por curiosidad o por mala entendida piedad, devoran apasionadamente.
Lo cierto es que nuestra Madre, la Iglesia, ya se expidió sobre este asunto, y para nosotros, sus hijos, e hijos de María, Fátima es mucho más que vanas curiosidades. Es un Llamamiento urgente de volver a Dios.
Agradezcamos hoy a María el Amor que le mueve y le hace preocupar de Sus hijos. De ti y de mí. Y hagamos nuestra esa preocupación. ¿Cómo? Poniendo en práctica Sus Directivas.
Fátima no es sólo “secretos”. Es un Llamado a la Conversión, a la Misericordia, al Amor a Dios y al prójimo. A la vida de Oración con el arma infalible contra satanás, el Rosario. Al Amor a Jesús Eucarístico, a la participación cada vez más fervorosa y amorosa de la Santa Misa. Al arrepentimiento de los pecados cometidos y al acercamiento periódico y fructífero del Sacramento de la Reconciliación.
Celebrar la Fiesta de nuestra Señora de Fátima es abrir el Corazón a María, entregárselo a María, porque es Ella, Quien por Voluntad del mismo Dios, nos lleva definitivamente a Él.
Semper Mariam In Cordis Tuo.

MISERICORDIA Y PERDÓN


He escuchado en la Iglesia a alguno que ha dicho que estamos «más preocupados en confesar nuestros tontos pecados, que en ver todo lo Bueno que Dios hace en nuestra vida».
Sin embargo, ha dicho el Papa Francisco -a quien quizá, en Uruguay, por cercanía geográfica de origen tendemos a olvidar que es el Sucesor de Pedro y por tanto, el lugar que ocupa-: «Un signo importante del Jubileo ES TAMBIÉN la Confesión. Acercarse al Sacramento con el cual somos Reconciliados con Dios equivale a tener experiencia directa de Su Misericordia. Es encontrar el Padre que Perdona. Dios Perdona todo. Dios nos comprende, también en nuestras limitaciones, nos comprende también en nuestras contradicciones. Él con Su Amor nos Dice que CUANDO RECONOCEMOS nuestros pecados nos es todavía más cercano y nos anima a mirar hacia adelante. Dice más, que CUANDO RECONOCEMOS nuestros pecados, y PEDIMOS Perdón, hay Fiesta en el Cielo, Jesús hace Fiesta y esta es Su Misericordia. No os desaniméis. Adelante, adelante con esto» (Audiencia. 16-12-2015).

Dios nos Perdona, ciertamente, y no hay pecado que no Quiera o no Pueda Perdonar; pero esa Misericordia se alcanza y sólo se alcanza, cuando en nuestro corazón existe un verdadero dolor y arrepentimiento de nuestro pecado y con él, buscamos Su Perdón. La Misericordia no es un derecho, es un Don. «Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás» (Sal 51, 17). «No todo el que Me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la Voluntad de Mi Padre que está en los Cielos» (Mt. 7, 21). «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt. 6, 12): Oración Enseñada por nuestro Señor y Condicionante al momento de ser nosotros Perdonados. Y el Apóstol Santiago nos advierte que «El Juicio será sin Misericordia para aquel que no hizo misericordia» (2, 13a), pero para quien vive en el Amor a Dios y en Su Obediencia, el propio Apóstol que habla inmediatamente a esto de la necesidad de las Buenas Obras (2, 14-18), nos da un consuelo: «La Misericordia se ríe del Juicio» (2, 13b). Habrá Juicio luego de esta vida, eso está claro, pero, ¿hay Obras hechas en Gracia y Amor de Dios? ¿Hay arrepentimiento, dolor, del pecado cometido? Entonces Dios, Justo Juez, nos Concede, porque nos Ama, Su Misericordia y por tanto nos Abre la Puerta del Cielo.

Misericordia es la capacidad de sentir la desdicha del otro desde el corazón. Pero con la Misericordia entendida según Dios, de la Misericordia según el Evangelio de nuestro Señor, de la Misericordia como siempre la ha explicado, vivido y ofrecido la Santa Iglesia de Cristo; Misericordia abierta a todos sin excepción, pero que requiere de cada cual la conciencia, ese conocimiento de nuestros actos, fundamental para elevarnos sobre nosotros mismos a Dios. El padre esperaba en el camino, cada día, con los brazos abiertos y dispuesto al perdón, que el hijo pródigo regresara; pero no fue hasta que este reconoció, se arrepintió, se humilló, se puso en camino de regreso, y ya rodeado del amor misericordioso de su padre, confesó su culpa y declaró su arrepentimiento, lo que le alcanzó la plena reconciliación (Lc. 15, 11-24). Imagen definida en detalle, del camino de Conversión necesario e ineludible para alcanzar la Salvación de nuestra alma.

«Dios Reprueba tus pecados. Si tú haces lo mismo, te unes a Dios» (S. Agustín, Catecismo Católico, n. 1458)

Semper Mariam In Cordis Tuo.
LA SONRISA DE MARÍA


«Contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada. La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magníficat: “Proclama Mi alma la Grandeza del Señor, se alegra Mi espíritu en Dios, Mi Salvador” (Lc 1,46-47). Cuando la Virgen María Da gracias a Dios nos convierte en testigos. María, anticipadamente, comparte con nosotros, Sus futuros hijos, la Alegría que vive Su Corazón, para que se convierta también en la nuestra. Cada vez que se recita el Magníficat nos hace testigos de Su sonrisa. 

Sí, buscar la sonrisa de la Virgen María no es un infantilismo piadoso, es la aspiración, dice el salmo 44, de los que son “los más ricos del pueblo” (Sal 44,13). “Los más ricos” se entiende en el orden de la Fe, los que tienen mayor madurez espiritual y saben reconocer precisamente su debilidad y su pobreza ante Dios.

En una manifestación tan simple de ternura como la sonrisa, nos damos cuenta de que nuestra única riqueza es el Amor que Dios nos regala y que pasa por el Corazón de la que ha llegado a Ser nuestra Madre. 

Buscar esa sonrisa es ante todo acoger la Gratuidad del Amor; es también saber provocar esa sonrisa con nuestros esfuerzos por vivir según la Palabra de Su Hijo Amado, del mismo modo que un niño trata de hacer brotar la sonrisa de su madre haciendo lo que le gusta.

Y sabemos lo que Agrada a María por las palabras que dirigió a los sirvientes de Caná cuando Mandó: “Haced lo que Él os diga” (JN 2,5)» (Benedicto XVI, 15-9-2008).

Semper Mariam In Cordis Tuo.

MADRE DE LA IGLESIA

BUSCANDO 
LA VERDADERA IGLESIA DE CRISTO


«Si no fuera católico, y estuviera buscando la Iglesia auténtica en el mundo hoy en día, buscaría la Iglesia que no se llevara bien con el mundo; en otras palabras, buscaría la Iglesia que el mundo odia.
Mi razón para esto sería, que si Cristo está en cualquiera de las iglesias del mundo de hoy, Él debería ser odiado igual que cuando estuvo en el mundo en carne y hueso. Si uno quiere encontrar a Cristo hoy, entonces busca la Iglesia que no se lleva bien con el mundo. Busca la Iglesia a la que se acusa de estar anticuada, como Nuestro Señor fue acusado de ser un ignorante y nunca haber aprendido nada. Busca la Iglesia de la que los hombres se burlan como algo socialmente inferior, como se burlaron de Nuestro Señor por venir de Nazaret.
Busca la Iglesia acusada de servir al demonio como Nuestro Señor fue acusado de estar poseído por Belcebú, el Príncipe de los Demonios. Busca la Iglesia que el mundo rechaza por reclamar que es infalible, como Pilatos rechazó a Cristo por llamarse a sí mismo la Verdad.
Busca la Iglesia donde sus miembros la aman y aman a Cristo, y respetan su voz como a la Voz misma de su Fundador. Y si la Iglesia es impopular con el espíritu del mundo, entonces es que no es del mundo, y si no es de este mundo, es que es de otro. Puesto que es de otro mundo, es infinitamente amada y odiada como lo fue el mismo Cristo» (Arzobispo Fulton J. Sheen).
Semper Mariam In Cordis Tuo.


¿CÓMO HE DE ORAR?

«Bendito sea Dios, que no ha rechazado mi oración, ni Su Amor me ha retirado» (Sal. 65, 20).

«Las condiciones que debe reunir nuestra oración:

DEBE SER HUMILDE

Según el Apóstol Santiago, "Dios Resiste a los soberbios, pero Da Su Gracia a los humildes" (Sant. 4, 6); la soberbia es un alto muro que se interpone entre Dios y el que reza; "la oración humilde -dice el Libro del Eclesiástico-, traspasa las nubes...y no se retira hasta que el Altísimo la atiende" (34, 21). Cuando queramos, pues, pedir Gracias al Señor, debemos, ante todo, echar una mirada a nuestra indignidad y, sobre todo, a las veces que hemos traicionado a Dios después de tantos propósitos y tantas promesas, por demasiado confiados en nuestra fuerzas. Y llenos de confianza en Él, podemos orar y pedir a la Divina Misericordia el Favor que deseamos».

DEBEMOS REZAR CON CONFIANZA

«Si alguno de vosotros está falto de Sabiduría, que la pida a Dios...pero que la pida con Fe, sin vacilar» (Sant. 1, 5-6).

«Y esto, sigue diciendo el Apóstol, es porque "el que vacila es semejante al oleaje del mar, movido por el viento y llevado de una a otra parte» (v. 6): a ratos confía y a ratos se desanima; "el que así reza, no piense que ha de recibir nada de Dios" (Sant. 1, 7). Necesariamente debemos confiar en la Misericordia Divina y tener la inquebrantable seguridad de que recibiremos la Gracia, y entonces no faltará, como el mismo Salvador nos lo asegura: "Por eso os Digo que todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán Concedidas" (Mc. 11, 24).
S. Agustín se pregunta: ¿Cómo podemos temer no ser oídos en la oración, cuando Dios, que es la misma Verdad, ha Prometido Escuchar al que ora?"

Pero quizá pienses: soy pecador y no merezco Gracia, sino Castigos, y por eso temo, por mi indignidad. Pero te responde Sto Tomás: "la oración consigue la Gracia, no por razón de nuestros méritos, sino de la Divina Misericordia".

Nuestro Amoroso Redentor insiste en quitarnos de raíz nuestra desconfianza: "Todo lo que pidáis en Mi Nombre, lo Haré" (Jn. 14, 13). "Si permanecéis en Mí, y Mis Palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y os será Hecho" (Jn. 15, 7).

[Esforcémonos por vivir cada día Su Palabra, pidamos Perdón de nuestros pecados en el Sacramento de la Reconciliación y acerquémonos confiados] que no nos rechaza, poniéndonos por delante los disgustos que le dimos, sino que nos Acoge y nos Atiende, como si entonces se olvidara de nuestras ingratitudes».

DEBEMOS REZAR CON PERSEVERANCIA

«Según S. Hilario, "el secreto para obtener las Gracias está en rezar con perseverancia. A unos despacha el Señor a la primera oración; a otros a la segunda; a otros, a la tercera, y puesto que no sabemos cuántas veces ha Dispuesto Dios que repitamos la súplica para despacharla, es necesario que insistamos siempre en pedir la Gracia que necesitamos".

Si se trata de la perseverancia final, es más necesario que nunca pedirla cada día, pues esa es una Gracia que no podemos merecer. "Sin embargo, dice S. Agustín, rezando, ciertamente se alcanza". Por eso, advierte Sto Tomás, que "si queremos obtenerla y Salvarnos, la tenemos que pedir a Dios continuamente". El día que no la pidamos, caeremos en pecado mortal y la perderemos.

«Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de Gracia y de Oración», Dice Dios por el Profeta (Zac. 12, 10). Nótese que las palabras Gracia y Oración van unidas. El que rece, esté bien seguro que no caerá en los lazos que le tiendan los enemigos.

Se comprende, entonces, lo poco que vale la excusa del pecador que dice haber caído por no sentirse con fuerzas para resistir. Enseña la Iglesia, repitiendo palabras de S. Agustín, que "Dios no Manda imposibles; lo que hace, al Mandar, es exhortarnos a poner de nuestra parte lo que podamos y a pedir lo que no podamos". Cuando no baste la Gracia Ordinaria, que a nadie niega, nos exhorta a pedir la Gracia Extraordinaria que necesitemos, y si la pedimos, con humildad, confianza y perseverancia, Él nos la Concede». (S. Alfonso María de Ligorio, "Una sola cosa es necesaria", cap. 1).

Dame, Señor, el Perdón de todos los pecados que cometí contra Ti, de los cuales, más que de cualquier otro mal, me arrepiento de todo corazón, puesto que injurié con ellos a Tu Infinita Bondad, y propongo morir mil veces antes que volverlos a cometer.

Dame Tu Luz Divina, para que conozca la vanidad de todo lo terreno y la Grandeza del Bien Infinito, que Eres Tú.

Dame, Padre Bendito, la confianza en los Méritos de nuestro Señor Jesucristo, y en el Patrocinio de mi Madre, María Santísima. Amén.

Semper Mariam In Cordis Tuo.
AMOR, AMOR DE JESÚS


«¡Jesús!, yo soy la oveja perdida y Tú Eres el Buen Pastor, que Corriste Solícito y Ansiosamente en Busca de mí, me encontraste por fin, y después de Prodigarme mil caricias, me llevaste Alegre sobre Tus hombros y me condujiste al redil...

Verdaderamente soy, ¡ay de mí!, el hijo pródigo. He disipado Tus Bienes, los Dones naturales y Sobrenaturales, y me he reducido a la más miserable de las condiciones, porque huí lejos de Ti, que Eres el Verbo por Quien todas las cosas fueron Hechas y sin Ti todas las cosas son malas, porque son nada. 

Y Tú Eres el Padre Amorosísimo que me Acogiste con Alegría cuando, enmendado de mis errores, volví a Tu Casa, busqué de nuevo Refugio a la sombra de Tu Amor y de Tu Abrazo. Tú volviste a tenerme por hijo, me Admitiste de nuevo a Tu Mesa, me Hiciste otra vez partícipe de Tus Alegrías, me nombraste como en otro tiempo heredero Tuyo...

Tú eres mi Buen Jesús, el Mansísimo Cordero que me Llamaste Tu amigo, que me Miraste Amorosamente en mi pecado, que me Bendijiste cuando yo Te maldecía; desde la Cruz Oraste por mí, y de Tu Corazón Traspasado por la lanza Hiciste brotar un chorro de Sangre Divina que
me Lavó de mis inmundicias, Limpió mi alma de sus iniquidades; me Arrancaste de la Muerte Muriendo por Mí, y Venciendo a la Muerte me Trajiste la Vida, me Abriste el Paraíso.

¡Oh Amor, oh Amor de Jesús! A pesar de todo, y por fin, este Amor ha Vencido: estoy Contigo, ¡oh Maestro mío, oh Amigo mío, oh Esposo mío, oh Padre mío! ¡Heme aquí en Tu Corazón! 

Dime, ¿qué quieres que haga?» (S. Juan XXIII, Papa).

««¡Oh Señor, que yo padezca Contigo para ser Contigo Glorificado!» (Rom 8, 17).

Semper Mariam In Cordis Tuo.

FIDELIDAD



Los cristianos vivimos una época privilegiada para dar Testimonio de esta Virtud en ocasiones tan poco valorada: la fidelidad. Vemos cómo, con frecuencia, se quiebra la lealtad en el matrimonio, en la palabra empeñada, la fidelidad a la Doctrina y a la Persona de Cristo. Los Apóstoles nos muestran que esta Virtud se fundamenta en el amor; ellos son fieles porque aman a Cristo. Es el amor el que les induce a permanecer en medio de las defecciones. Sólo uno de ellos le traicionará, más tarde, porque dejó de amar. Por eso nos aconseja a todos el Papa S. Juan Pablo II: "Buscad a Jesús esforzándoos en conseguir una Fe personal profunda que informe y oriente toda vuestra vida; pero sobre todo que sea vuestro compromiso y vuestro programa amar a Jesús, con un amor sincero, auténtico y personal. Él debe ser vuestro Amigo y vuestro Apoyo en el camino de la vida. Sólo Él Tiene Palabras de Vida Eterna" (30- 1-79). Nadie más que Él.

Mientras estemos en este mundo, la vida del cristiano es una lucha constante entre amar a Cristo y el dejarse llevar por la tibieza, las pasiones o un aburguesamiento que mata todo amor. La fidelidad a Cristo se fragua cada día en la lucha contra todo lo que nos aparta de Él, en el esfuerzo por progresar en las Virtudes. Entonces seremos fieles en los momentos buenos, y también en las épocas difíciles, cuando parece que son pocos los que se quedan junto al Señor.
Para mantenernos en una fidelidad firme al Señor es necesario luchar en todo momento, con espíritu alegre, aunque sean pequeñas las batallas.

Hoy, cuando le decimos al Señor que queremos serle fieles, nos debemos preguntar en Su Presencia: ¿Son grandes mis deseos de avanzar en el amor?» (P. Francisco Carvajal).

Semper Mariam In Cordis Tuo.

DE VIRTUD EN VIRTUD



«Aplíquense a correr con celo en la vía de la Verdad, esfuércense siempre en avanzar de Virtud en Virtud. No avanzar es retroceder, pues el alma no puede jamás estar quieta. 

Y ¿cómo podremos nosotros, muy queridos hijos, aumentar el fuego en el Santo deseo? Poniendo la leña sobre el fuego. Pero ¿qué fuego? El recuerdo de los numerosos e infinitos Favores de Dios, que son innombrables, y sobre todo el recuerdo de la Sangre vertida por el Verbo, Su Hijo Único, para mostrarnos a nosotros el Amor Inefable que Dios nos tiene; recordando nosotros este Favor y tantos otros, veremos aumentar nuestro amor».

Semper Mariam In Cordis Tuo.


PROFESIÓN DE FE


Creo en Jesucristo, Dios Soberano sobre todas las cosas, Dios Bendito, Dios por todos los siglos. 
Creo que este Dios Único, Soberano y Eterno, es el mismo Cristo Nacido de Israel en cuanto a la carne, Hecho de Mujer en María Santísima; Dios y Hombre juntamente, dos Naturalezas en una Persona.

A Él sea la Gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

Semper Mariam In Cordis Tuo.

MISERICORDIA

«Quien no tiene un corazón que comparte la pena de su prójimo como cosa suya, no tiene Misericordia, y quien no usa de Misericordia, no hallará la Misericordia de Dios.

María, desde Su Concepción Inmaculada, tomó como propia la causa de todos los hijos de Adán, y movida e impulsada por esta Virtud, trató Eficazmente con Dios nuestra Salvación.

Esa Madre de Misericordia toma por Suyas las necesidades de Sus hijos.

¿Tienes amor verdadero a Dios y a tu prójimo? Si tienes Caridad, la Misericordia es una hija suya. Y si hay en ti Misericordia, padecerás por todas aquellas causas y motivos por los que Padeció Jesús y María Santísima. Tendrás pena y compasión de los males morales gravísimos que afligen a nuestra Santa Madre la Iglesia, y tomando por propias las miserias y las necesidades espirituales de las almas, te sacrificarás por ellas.

Presenta este ramillete a María: Señora, ¿qué puedo hacer yo por el Bien de las almas? Me ofrezco en sacrificio al pie de la Cruz por su Salvación. Me comprometo a poner por obra la Misericordia como forma de vivir la Virtud de la Caridad.

Recibe, Señora, esta, mi ofrenda; Bendice mis propósitos; Alcánzame las Gracias y Dones que necesito para conservar esta Virtud en mi corazón. Amén» (B. Francisco Palau, Religioso Carmelita y Fundador).

Alégrate, María, Llena Eres de Gracia, el Señor Es Contigo; Bendita Tú Eres entre todas las mujeres y Bendito Es el Fruto de Tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, Madre mía y Madre del mundo entero, Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Semper Mariam In Cordis Tuo.

CONFESAR A JESUCRISTO


«¿Quieres que Jesucristo te Confiese en la Presencia de Su Padre? Confiésale tú también delante de los hombres. ¿No puedes con palabras? Entonces no tengas vergüenza de practicar la Virtud, ya que no la tuviste en abrazar el vicio. 

¿Quieres merecer la Amistad de Dios? No busques más la aprobación de los hombres; pisotea el respeto humano; haz gloria, como otra Magdalena, de ser verdadero penitente. Así repararás el pecado, y los escándalos que quizás has provocado en otras almas con tus faltas.

Pregúntate, no qué dira el mundo, sino que Dirá Dios.

Señor...me he dejado llevar muchas veces por la corriente, pero con Tu Gracia, Tus Palabras serán desde ahora la lámpara que alumbre mi camino de regreso a Ti» 
(P. Melchor Gelabert).

Semper Mariam In Cordis Tuo.