Esta es una página de difusión de la Fe Cristiana a la luz del Magisterio de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.

«Es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da Testimonio y Anuncia». (B. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, nº 24)
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UN ARTÍCULO QUE MERECE SER COMPARTIDO

(Enlace al artículo original, al final del presente).

 La corriente modernista en teología, que puede calificarse como “progre” en el ámbito pastoral, se caracteriza, entre otros muchos parámetros, por un desprecio total al “argumento de autoridad” sobre todo en cuestiones de moral, eclesiología y liturgia. Nos repiten, hasta la saciedad, que no podemos predicar basándonos en el argumento de autoridad de la Iglesia, pues el “hombre moderno” no reconoce ese principio al estar imbuido del liberalismo democrático. Entonces se pretende, también hasta la saciedad, que la Iglesia realice un giro de 180 grados ne el lenguaje pastoral para que el mensaje evangélico llegue a la gente sin necesidad de “violentar” su espacio libre en la conciencia personal. Argumento  redondo desde la psicología social, y…..desastroso desde la teología, y a los frutos del árbol me remito, pues nunca como ahora ha habido mayor abandono de la fe cristiana justo cuando se abandona el criterio de autoridad (que no es autoritarismo) que se ha de fundamentar en la Palabra de Dios interpretada legítimamente en la enseñanza de la Iglesia. Pues bien….y ahora viene la paradoja: los mismos que exaltan hasta el histerismo el abandono del dogma, de las “ideas claras”, de los principios morales apoyados en la doctrina, de la ley natural………son los que hacen USO de la Autoridad cuando, en circunstancias concretas, ésta les beneficia. Y además hacen uso de esa autoridad con prepotencia, intolerancia y amoralidad (pues no puede ser inmoral quien ha dejado de creer en la moral objetiva). Y me remito a la misma realidad, en la cual se dan injusticias manifiestas. Lo vemos con un ejemplo cotidiano que nos resultará familiar. Cuando en una comunidad católica (sea parroquia, seminario, orden, movimiento…..) se trata de ejercer la autoridad (como servicio a la verdad y a las almas) en la enseñanza moral católica, de inmediato vendrá el “progre” de turno a recordar, con sus tópicos argumentos que ya suenan a rancio, que: – Salvo lo más fundamental (que no sabe ni lo que es), todo lo demás es muy relativo – ¿Quien es la Iglesia para “invadir” las conciencias humanas? – La Iglesia ha de ir con los tiempos, y no aferrarse a sus “normas” – Hay que actuar en conciencia y no obedecer a una “autoridad institucional” Pero…..si ese “progre” de turno se percata de que un miembro fiel al magisterio, o varios, de esa comunidad, en el ejercicio de su función catequética y/o formativa…..o en el ejercicio de su ministerio sacerdotal……….., comete UN ERROR aunque sea mínimo de lo más mínimo….entonces aludirá con INMENSA FUERZA al argumento de autoridad para que ese error sea castigado, si es posible, al nivel de Sacrilegio aunque fuera un pecado venial, y le sea impuesta la máxima pena (excomunión….porque no hay otra que lo condene directamente al infierno ya que el progre tampoco cree en el infierno) a una falta que con una pequeña amonestación sería suficiente de corregir. ¿Exagero?………….no lo creo. Y esto podría aplicarse desde niveles básico a altos niveles. Se expone lo que es una realidad INJUSTA y en gran parte CONSENTIDA. Y esta realidad “enseña” que: * Si es usted progre o modernista, tranquilo. Desde la autoridad se rezará por usted….quizás…..pero si comete un error, o muchos errores, tranquilo, se encontrará solo con breves palabras (si acaso) de corrección….cuando no de abierto apoyo. Usted campará a sus anchas con prepotencia y nadie hará nada porque “nada se puede hacer” * Pero si usted, sencillamente, no es modernista, es FIEL a la fe católica (y eso no significa ser “conservador” sino, sencillamente CATÓLICO)…..¡prepárese!……..porque como cometa el MÁS MÍNIMO FALLO se precipitará sobre usted la mayor tormenta autoritaria auspiciada por los que, paradoja….., no creen en la autoridad pero les conviene hacer uso de ella para su conveniencia y aval. Yo casi diría que esa tormenta, aún algo más llevadera, también caerá sólo por el hecho de ser FIEL a la Fe verdadera, aunque no se comentan errores. El modernismo es, además de la peor de todas herejías, la peor de todas las dictaduras: o se admite (al modernismo) o te destrozan. Los que NO creen en la autoridad usan de la misma para hacer que no creas en ella…………de LOCOS!!! ¿Es poco PRUDENTE escribir esto?………….no creo. Pero además de la prudencia hay una virtud cardinal que es la JUSTICIA, y mientras no se diga alto y claro lo que TODOS sabemos que está pasando, con tanta exaltación de una supuesta prudencia podemos estar cayendo en el pecado grave de OMISIÓN al no denunciar la injusticia que difama la verdad y hace bondadosa la mentira. Si alguna persona cree que es “POCO PRUDENTE” esta exposición….que se pregunte. también, si no será “MUY INJUSTO” no desenmascarar el doble rasero. Los cristianos somos hermanos……pero no “primos”…..por eso NO COMULGUEMOS CON RUEDAS DE MOLINO.   

Fuente: https://infovaticana.com/blogs/adelante-la-fe/el-autoritarismo-progre-y-el-doble-rasero-contra-la-fe-catolica/

ADVIENTO

Bibliografía

Obras Completas, S. Juan de la Cruz. Obras Completas, S. Agustín. Plegarias y elevaciones, Sta Catalina de Siena. Teología de S. Pablo, P. José Bover SJ. Año Cristiano, P. Juan Croisset SJ. Homilía, 2-12-2006, Benedicto XVI. Intimidad Divina, P. Gabriel de Santa María Magdalena OCD. La Palabra de Cristo, Mons. Ángel Herrera Oria.

«Mientras no se trasciende el deseo de Convertirse, uno no se Convierte. Reconozco que tengo absoluta necesidad de Convertirme: mi vida, mi conciencia, todo está gritando que me es necesaria la Conversión, que me es indispensable la Reforma. Hábitos viciosos, costumbres pecaminosas arraigadas, confesiones mal hechas, frecuentes recaídas, todo hace que vea la necesidad urgente de un regreso definitivo a Dios con un Cambio radical de mi pensamiento y de mi obrar» (P. Croisset).

Sabemos que todos estos pensamientos son movimientos efectivos de la Gracia, y si la Gracia produce esos sentimientos en mí, ¿puedo creer, acaso, que no viene ella, unida a la Fortaleza para que ese Cambio sea efectivo en mi vida? Pensar así, sería desconocer cómo Obra Dios en las almas.

En cuanto a que Dios Quiere nuestra Conversión, lo Dice Él mismo a través del Profeta Ezequiel: «Yo no Quiero la Muerte del pecador, sino que se Convierta de su camino y Viva» (33, 11). En 2 de Pedro (3, 9), el Apóstol escribe: «El Señor...es Paciente para con vosotros; no Quiere que nadie Perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento». Y S. Pablo a los romanos escribe: «¿Desconoces que la Bondad de Dios te guiará a la Conversión?» (2, 4). «Porque Él, escribe S. Agustín, por Su Acción, comienza Haciendo que nosotros queramos; y termina Cooperando con nuestra voluntad ya Convertida...pues ciertamente  nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que Trabaja. Porque Su Misericordia se nos adelantó para que fuésemos Curados; nos sigue todavía para que, una vez Sanados, seamos Vivificados; se nos adelanta para que seamos Llamados, nos sigue para que seamos Glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la Piedad, nos sigue para que vivamos por Siempre con Dios, pues sin Él no podemos hacer nada».

«Muchas veces, sigue diciendo el P. Croisset, hemos pensado en dar este paso, pero no lo hago, o lo hago por un reducido espacio de tiempo. En lo que nunca pienso, es que cuanto más lo dilate, más me costará, pues mayores dificultades tendré que vencer. Se multiplicarán los lazos de seducción y se harán más difíciles de romper».

De hecho, ya tenemos esa experiencia.

Sin embargo, en mi mano está romperlos, pues ya sabemos que la Gracia no nos faltará.
Si no considero este Tiempo, o este mismo día, como día de Salvación, ¿quién me puede asegurar que lo será otro? ¿Quién puede asegurarme siquiera que habrá otro? Más aún: ¿quién puede asegurarme que no será este mi último Adviento? ¿Mi último día? Este puede ser el día de mi Salvación...o de mi Condenación.

«Considera, dice el P. Croisset, que para Convertirnos, tenemos en el presente, unos medios que quizá no volveremos a tener. Para la Conversión es preciso tener tiempo, Gracia y voluntad de alcanzarla.

Ahora tengo este tiempo; tengo esta Gracia, pues Dios me la está ofreciendo. Estas Inspiraciones que me Da; estas mismas reflexiones que estoy leyendo; estas Verdades que estoy meditando. Sólo me faltan las ganas, pero las ganas sinceras, verdaderas, aquellas que hacen que avance sin importar nada ni nadie».

¿Cuánto se preocupan los hombres por el éxito de sus negocios? Y esos negocios no le proveen más que de cosas temporales, caducas, que solo llenan el corazón de felicidad o seguridad efímera, pues la vida no es una constante invariable, sino que está llena de altibajos.

«Todo une Dios para que alcance mi Conversión», nos dice el P. Croisset y nos advierte: «sólo yo me resisto: la prosperidad y la adversidad, la salud y la falta de ella, las honras y los desprecios, todo me conduce igualmente a la Conversión. El Señor me colma de bienes, ¡y yo sigo ofendiéndole! El Señor me Castiga, ¿y yo continúo Irritándolo! Tengo salud, y dilato el tiempo porque pienso que nunca se va a detener para mí. Tengo una enfermedad ¿y voy a aguardar la muerte para hacer penitencia?»

Detengámonos un momento y digamos a Dios con el Salmista: «A Ti elevo mi alma, Yahveh, mi Dios. En Ti confío, no sea confundido...No, quien Espera en Ti, no es confundido...Muéstrame, Yahveh, Tus caminos, Adiéstrame en Tus sendas. Guíame en Tu Verdad y Enséñame, porque Tú eres mi Dios, mi Salvador» (Sal 25, 1-5).

Podemos también decirle con Charles de Foucauld:

«Enséñame, Señor, no sólo lo que Quieres de mí, sino también lo que Tú Eres, porque cuanto más Te conozca, tanto más Te amaré, y amarte es mi primer deber, lo que Tú sobre todo Exiges de mí, y mi mayor necesidad... Y con la Luz Dame también la Fuerza para seguirla, ¡oh Dios mío!, porque no basta amarte y conocer Tu Voluntad, sino que es necesario tener la Fuerza de servirte con las obras y cumplir todo lo que Quieres de mí...

Cúrame, Señor, que soy ciego, y no veo Tu Voluntad ni conozco en mil cosas lo que Deseas de mí; no veo Tu Belleza y así no Te amo como debiera... Alumbra mis ojos, Dios mío, Cura mi ceguera, Hazme ver Tu Voluntad y Tu Belleza...

Soy también cojo. Dios mío; Fortalece mis débiles pies, pues no tengo fuerza para ir a Ti cuando Tú me Llamas, para caminar en Tus sendas, para hacer lo que Tú me haces ver, para cumplir Tu Voluntad cuando me la das a conocer; yo arrastro el pie y cojeo miserablemente mientras Te sigo... ¡Oh Dios mío!, Cúrame de esta cojera, Haz que yo Te siga al olor de Tus perfumes, en vez de arrastrarme cojeando en pos Tuyo.

¡Oh Dios mío!, Ayúdame y dame la Fuerza de llevar Tu Cruz y de seguirte, cumpliendo todo lo que Quieres de mí... Y luego Haz que yo Te adore con todas las fuerzas de mi corazón...Haz que yo me consuma y me sumerja en Tu adoración, ¡oh mi amado Señor! Estas son las Gracias que Derramas a manos llenas en torno Tuyo; Haz que yo participe abundantemente de ellas. Bien conoces Tú; ¡oh Dios mío!, cuánta necesidad tiene de ellas este pobre siervo Tuyo, tan ciego, tan impedido para caminar, y tan frío».

«Es ya Hora de levantaros del sueño; que la Salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la Fe. La Noche está avanzada. El Día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las Tinieblas y Revistámonos de las Armas de la Luz. Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias» (Rom 13, 11-14)

Notemos que el Apóstol habla de "la Hora", no del día, o del año. El tiempo es muy breve. «Vosotros, advierte el Apóstol Santiago, los que decís: "Hoy o mañana iremos a tal ciudad, pasaremos allí el año, negociaremos y ganaremos"; vosotros que no sabéis qué será de vuestra vida el día de mañana... ¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!» (4, 13-14).

¿Hora de qué? "De levantarnos del sueño". Con la primera advertencia quiere sacudir nuestra funesta modorra espiritual. ¿Pero qué es esto del sueño? Sueño es lo que parece real para el que duerme, lo que le preocupa, le agita, le asusta o le alegra, pero que no existe, puesto que cuando amanece, esos sueños se disipan y desaparecen. El que vive de sueños no vive de la realidad ni en la realidad. ¿Qué significa sueño en este pasaje? Así como el que sueña se mueve y emprende cosas que en realidad no existen, también cuando estoy dormido espiritualmente creo vivir en medio de triunfos o desgracias que en sí no son más que espejismos, pues «en todo Interviene Dios para el Bien de los que lo aman» (Rom 8, 8). ¿Cuántas veces, al irnos bien con nuestro trabajo, nuestra salud, nuestros afectos, nuestras relaciones, olvidamos a Dios? Y por el contrario, ¿cuando todo eso se ve afectado, nos enojamos, nos enfriamos en nuestro amor a Dios o recurrimos a Él como último recurso? Y no nos damos cuenta que todo eso, bueno y adverso, son sólo vehículos para alcanzar la Meta, que es la Vida Eterna, que es Dios.

A la hora de Vísperas, el primer Domingo de Adviento, se lee la Antífona: «Anunciad a los pueblos y decidles: Mirad, que Viene Dios, nuestro Salvador». Benedicto XVI hace notar que «no usa el pasado —Dios ha Venido— ni el futuro, —Dios Vendrá—, sino el presente: "Dios Viene". Como podemos comprobar, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento "Dios Viene"...Es un Padre que nunca deja de Pensar en nosotros y, Respetando totalmente nuestra libertad, Desea encontrarse con nosotros y Visitarnos; Quiere Venir, Vivir en medio de nosotros, Permanecer en nosotros. Viene porque Desea Liberarnos del Mal y de la Muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera Felicidad, Dios Viene a Salvarnos».

S. Pablo nos dice que hemos de dejar las obras de las Tinieblas hablando de banquetes y borracheras, refiriendo con ellos en general a todos los pecados, de los cuales, enumera como enlazados entre sí, cuatro: de la gula sale la lujuria, de las rivalidades las envidias, y de ellos, otros muchos. Son los mismos pecados de los que nuestro Señor Jesucristo Aconseja que nos limpiemos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida». Y nos Advierte que puede llegar «aquel Día (el del Juicio particular en primer término) de improviso sobre vosotros, como un lazo» (Lc 21, 34-35). Y el Apóstol, en otro lugar, llama obras de la carne, opuestas al espíritu, a la impureza, envidia, cólera, discordias, embriagueces, etc...(Gal 5, 19-21).

Así como cuando uno se levanta de la cama, lo primero que hace es vestirse, S. Pablo continúa diciendo que, una vez "despiertos", hemos de Revestirnos con las Armas de la Luz, hemos de Revestirnos de Jesucristo. En la Carta a los Efesios mencionará estas Armas: «Ceñíos vuestros lomos, dice, con la Verdad, revestida la coraza de la Justicia...el escudo de la Fe...el yelmo de la Salud y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios...» (Ef 6, 10-17).

«Ser Revestido, explica el P. Bover, no significa recibir algo sobrepuesto y exterior a manera de vestido -como enseñaba Lutero-, sino que significa ser interiormente compenetrado, impregnado y como empapado, así como la esponja al ser sumergida en el agua, o mejor aún, como el cristal expuesto a los rayos solares»

Esto lleva al Apóstol a decir: «No ya yo, sino Cristo Vive en mí» (Gal 2, 19-20). ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Pero qué poco hemos meditado en ella. Es verdad que habla S. Pablo de compenetración, fusión, identificación de dos vidas, de dos existencias, de dos personas, pero es mucho más: «él siente que su vida ha sido absorbida por otra Vida, que su existencia ha dado lugar a otra Existencia, que su personalidad ha quedado sustituida por otra Personalidad» (P. Bover). Por eso, cuando dice que hemos de Revestirnos de Cristo, no se refiere a que hemos simplemente de hacer Buenas obras, es mucho más: debemos ser OTROS CRISTOS. Se trata de una absorción que NO DESPERSONALIZA, sino que aúna voluntades, de forma que yo no quiero ya más que lo que Él Quiere. Esto puede parecer utópico, irrealizable, pero los innumerables Santos que la Iglesia venera, comenzando por el propio S. Pablo que lo propone, son ejemplos ciertos, reales, de que es posible alcanzar esa Meta. Y yo estoy llamado a ella. Y a eso nos invita este Tiempo de Adviento.

Una vez más podemos decir con el Beato Foucauld: «Dios mío, estoy espantado, quisiera decir: «Aléjate de mí, ¡oh Señor!, porque soy un hombre pecador», pero no lo digo, no, sino más bien lo contrario: «Quédate con nosotros, Señor, porque anochece». Yo estoy en la noche del pecado, y la Luz de la Salvación no puede venir sino de Ti; Quédate, ¡oh Señor! porque soy pecador y estoy asustado viendo las innumerables imperfecciones que en cualquier hora y en cualquier instante cometo delante de ti... Tú Estás dentro de mí; y delante de Ti y en Ti yo cometo desde la mañana a la noche, a cada momento, imperfecciones, faltas sin cuento, de pensamiento, palabra y obra... Esta ha sido una de las cosas que me han impedido por tanto tiempo buscarte en mí para adorarte y postrarme a Tus pies; estaba asustado de sentirte tan dentro de mí, tan cerca de mis miserias y de mis innumerables imperfecciones».

Pero «Compasivo es Dios para con los que Le Temen» (sal 103, 13). Digamos al Padre, junto con Sta Isabel de la Trinidad: ¡Oh, Dios mío, Trinidad a Quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí para establecerme inmutable y plácidamente en Ti como si mi alma viviera ya en la Eternidad. Que nada pueda alterar mi Paz, ni apartarme de Ti, sino que, cada momento de mi vida, me sumerja más profundamente en Tu Divino Misterio. Pacífica mi alma. Establece en ella Tu Cielo, Tu Morada Predilecta, Tu Lugar de Descanso. Que nunca Te deje solo, sino que, vivificado por la Fe, permanezca con todo mi ser en Tu Compañía, en completa adoración y entregado sin reservas a Tu Acción Creadora».

«Yo, Yahvé, tu Dios, Fortaleceré tu diestra, y Yo te Digo: No temas, Yo Voy en Tu ayuda» (Is 41, l3). Así aseguraba Dios a Israel Su continua Protección y Ayuda. Si aquel Pueblo tenía motivos para confiar en el Señor, ¿cuánto más los tendré yo?, siendo que no sólo Está a mi lado y me Guía y Cuida con Su Providencia Paterna, sino que conmigo, Bautizado, ha ido más allá y se ha Establecido dentro mío, en lo más profundo de mi ser: «¿No sabéis, interroga S. Pablo, que sois Templo de Dios y que el Espíritu de Dios Habita en vosotros?» (1 Cor 3, 16). Y el mismo Señor Jesucristo nos Dice y Asegura: «Si alguno Me ama...Vendremos a él y en él Haremos Morada» (Jn 14, 23).

Pero si Él está en mí, ¿por qué no lo siento, por qué no me doy cuenta de ello? Es más, ¿por qué actúo como si no Estuviera? S. Juan de la Cruz nos da una respuesta: «Es de notar que el Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, Esencial y Presencialmente Está escondido en el íntimo ser del alma; por tanto el alma que le ha de hallar conviene salir de todas las cosas según la afición y voluntad, y entrarse en sumo recogimiento dentro de sí misma, siéndole todas las cosas como si no fuesen». Es decir que para hallarlo «hay que desasirse, privarse, renunciar, aniquilarse, morir espiritualmente a sí mismos y a todas las cosas, no tanto y no sólo separándose de ellas materialmente, cuanto y sobre todo desasiéndose de ellas con el afecto y la voluntad. Es el camino de la nada, del total desasimiento; es la muerte del hombre viejo, condición indispensable para Revestirse de Cristo y vivir en Dios» (P. Gabriel De Santa Magdalena). Todo lo cual, lo expresa el Apóstol: «Estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3, 3).

Como objetivo para este Tiempo, tengamos presente esta premisa: La búsqueda amorosa de Dios escondido en nosotros responde en intensidad y grado a esta muerte al mundo y a nosotros mismos. Cuanto más morimos, más encontramos a Dios.

En unas semanas celebraremos el Misterio del Nacimiento de Dios Encarnado y Hecho Hombre. Lo veremos en un pesebre como cuna; pero vayamos más allá de la ternura que esa imagen nos puede inspirar. Él no Nació allí porque las circunstancias lo obligaron. Nació allí porque Quiso hacerlo. Y entre las muchas razones, una de las más evidentes es que desde el principio Quiso el Señor compartir con nosotros el luminoso camino de la Humildad. ¡Cuánto nos asusta, muchas veces, no alcanzar, incluso, las cosas básicas para vivir! ¡Y cuántas otras deseamos tener, sólo por el placer de poseer! Pero Jesús nos invita a ver más allá. Miramos el pesebre y no vemos lujos; ni siquiera eso mismo básico para cualquier niño recién nacido. Quiere que posemos la mirada de nuestro corazón, no en el alrededor –que es lo que generalmente hacemos-, sino en Su Persona, que aunque pequeñita, «en Él Reside toda la Plenitud de la Divinidad Corporalmente» (Col 2, 9). Jesucristo no Quiso en Su Primera Venida a este mundo, comodidades, para enseñarme que, como dice S. Juan de la Cruz, «si el alma fuese a buscar en Dios suavidad y gusto propio, ya no amaría a Dios puramente sobre todas las cosas, pues juntamente con Él amaría también su propia satisfacción, y en consecuencia tendría dividido el corazón entre el Amor de Dios y el amor de sí mismo, y no sería ya capaz de poner toda la fuerza de la voluntad en Él…(por lo que) para acertar el alma a ir a Dios y juntarse, con Él, ha de estarse con esa hambre y sed de solo Dios, sin quererse satisfacer de otra cosa».

¿Qué veía María Santísima? No veía la suciedad de la paja, no sentía el frío de la noche, no percibía la presencia de los animales. Ella veía sólo a Su Amadísimo Hijo y a Su Dios.

El Verbo Divino se Encarnó Desdeñando todo confort, pero con Su Humano Corazón rebosante de Amor al Padre Eterno y a mí, pobre criatura y hasta ese momento, enemigo Suyo por el pecado Original, para enseñarme que «el alma que en todo momento y en todas sus acciones no busca más que cumplir la Voluntad de Dios, ama realmente a Dios y vive unida verdaderamente con Él, aunque no sienta ninguna suavidad» (S. Juan de la Cruz). Dios, por mi amor, no tuvo a menos aceptar incomodidades extremas –recordemos que el pesebre era habitación de animales, con todo lo que esto conlleva-, y «¿cuál fue la causa de esto?, se pregunta Sta Catalina de Siena: El Amor. Porque nos Amaste antes que fuésemos, ¡oh Bondad, oh Eterna Grandeza! Te Rebajaste y Te Hiciste pequeño para Hacer grande al hombre. A cualquier parte donde me vuelo, no encuentro más que abismo y fuego de Tu Caridad… ¡Oh Jesús! Déjame que Te diga en un arranque de gratitud que Tu Amor raya en locura. ¿Cómo Quieres que ante esta locura mi corazón no se lance hacia Ti? ¿Cómo habría de tener límites mi confianza?»

El Niño en el pesebre duerme, pero no temamos, Dios no duerme. El Niño se alimenta de los pechos de Su Santísima Madre; pronto, Él mismo, se nos Dará como Alimento para la Vida Eterna. No tenemos oro para regalarle, pero no debemos preocuparnos, porque no quiso recibir primero la adoración de los poderosos, sino de los pobres en la persona de aquellos pastores. Nació durante la noche, Él, que Habita una Luz Inaccesible y que Es la Luz del mundo, para mostrarnos que las Tinieblas no tienen ningún poder sobre Él, y tampoco sobre nosotros, si estamos unidos a Su Divina Humanidad. Vino a este mundo en el frío de la noche, porque el mundo estaba sumergido en la fría oscuridad del pecado; pero Él ha «Venido a arrojar un Fuego sobre la tierra» (Lc 12, 49), Fuego que principia en Su Caridad y Fructifica en la Cruz. El Niño ríe en los brazos de Su Tiernísima Madre: así Quiere, la Trinidad Divina, regocijarse en nuestro corazón, pues está Escrito: «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios» (Ef 4, 30). Cuando miremos el pesebre, no nos perdamos en los detalles, centrémonos en Aquel que al ser Introducido por el Padre al mundo, Éste Ordenó que fuera Adorado por todos los Ángeles (Hb 1, 6), y que Dijo: «¡He aquí que Vengo…a Hacer, oh Dios, Tu Voluntad!» (Hb 10, 7).

Repitamos con S. Juan XXIII: «Jesús, Te Espero; los malos Te rehúsan; afuera sopla un viento glacial... ven a mi corazón; soy pobre, pero Te calentaré todo lo que pueda; a lo menos quiero que Te Complazcas de los Buenos deseos que tengo de hacerte una buena acogida, de amarte, de sacrificarme por Ti…Ven, Jesús, tengo tantas cosas que decirte... ¡tantas penas que confiarte! tantos deseos, tantas promesas, tantas esperanzas. Deseo adorarte, besar Tu frente, pequeño Jesús, darme a Ti de nuevo, para Siempre. Ven, Jesús, no tardes ya más, Acepta mi invitación y ven».


PARA MAYOR GLORIA DE DIOS

SEMPER MARIAM IN CORDIS TUO

Toda dádiva Buena 
y todo Don perfecto viene de lo alto


«Toda dádiva Buena y todo Don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las Luces, pues ni el que planta es algo, ni el que el que riega, sino Dios que Hace crecer» (Sant. 1, 19; 1 Cor 3, 7)

Oración apremiante: no hay cosa más frecuente que ofender a la Majestad de Dios, en vez de honrarla, en la oración. La oración que carece de la cualidad y condición necesaria, ahuyenta Su Misericordia, y nada muestra mejor nuestra indolencia que pedirle con negligencia y languidez. Cuando los deseos son vivos, los gritos son violentos, y si a estos deseos falta la viveza, no es otra la causa sino que no estamos verdaderamente deseosos de aquello que al Señor estamos pidiendo. ¿Y puede haber mayor indignidad a los ojos de Dios que pedirle Gracias a las que luego ningún caso hacemos? Estos hacen definitivamente inútiles e infructuosas las santas oraciones y súplicas.

«Si alguno está falto de Sabiduría, que la pida a Dios…y se la Dará. Pero que la pida con Fe, sin vacilar; porque el que vacila es semejante al oleaje del mar, movido por el viento y llevado de una parte a otra. Que no piense recibir cosa alguna del Señor un hombre como este, un hombre irresoluto e inconstante en su camino» (Sant 1, 5-8).

Si hay algo que puede conservarnos en el Santo Temor de Dios, es pensar que nos Separó del número de Sus enemigos para colocarnos entre Sus hijos: «Si cuando éramos enemigos, fuimos Reconciliados con Dios por la Muerte de Su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya Reconciliados seremos Salvos por Su Vida!» (Rom 5, 10). Esto Costó nada menos que la Sangre de Su Hijo: «El que no perdonó ni a Su propio Hijo, antes bien, lo Entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos Dará con Él Graciosamente todas las cosas?» (Rom 8, 32). Por ello debemos hacer uso Santo de todas las Gracias recibidas de la Bondad de Dios: trabajos según nuestro estado, soledad, estudio, lecturas, oraciones, ayunos, adversidades…Son Operaciones y Dones del Espíritu Santo y efecto de Su Infinita Liberalidad.

En todo tiempo: porque si nuestra Obediencia se interrumpe, se destruirá nuestra fidelidad y constancia; se perderá lo que quizás edificamos con algunas obras de desprendimiento. Dios es el mismo en todas partes, y no hay lugar ni momento en que no se le deba Obediencia profunda. «Quien se purifica del contacto de un muerto y lo vuelve a tocar, ¿qué ha ganado con su baño de purificación? Así el hombre que ayuna, y por sus pecados vuelve a hacer lo mismo, su oración ¿quién la escuchará?» (Eclo 34, 25-26).

Despertemos ya: «Teniendo en cuenta el momento en que vivimos…es ya hora de levantarnos del sueño; que la Salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la Fe» (Rom 13, 11).
¿Qué es la vida del hombre mundano, sino continuo y profundo adormecimiento? Buscan, unos la paz –según  la da el mundo, es decir, vivir sin ningún problema-, otros buscan bienes, otros honor, otros el aplauso, otros satisfacer sus pasiones…pero cuando durmieron su sueño, es decir, cuando llega el final de su vida y Dios los Llama, se despiertan del funesto letargo en que vivieron. Entonces reconocen, aunque tarde y sin poder volver atrás, que sus pasiones los engañaron y todo fue ilusión. «Será como cuando el hambriento sueña que está comiendo, pero despierta y tiene el estómago vacío; como cuando el sediento sueña que está bebiendo, pero se despierta cansado y sediento» (Is 29, 8). El que se preocupa por su Salvación, no siempre está exento de este sueño, pues muchas veces tropieza y cae, pero «Poderoso es Dios para colmaros de toda Gracia a fin de que teniendo, siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis aún sobrante para toda obra Buena» (2 Cor 9, 8).

«Si hoy escuchas Su Voz, no endurezcas tu corazón» (Sal 94, 8).

Semper Mariam In Cordis Tuo.

ABORTO Y EUTANASIA

«El aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación Apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cf. Rm 13,1-7, 1Pe 2,13-14), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29). 

Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas «no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños» (Ex 1, 17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: «Las parteras Temían a Dios». 

Es precisamente de la obediencia a Dios —a quien sólo se debe aquel Temor que es reconocimiento de Su Absoluta Soberanía— de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está dispuesto incluso a ir a prisión o a morir a espada, en la certeza de que «aquí se requiere la Paciencia y la Fe de los Santos» (Ap 13, 10)» (S. Juan Pablo II, Evangelium Vitae, nº 73).

Pidamos a María Santísima por las almas que hoy han de morir por el aborto y por la eutanasia, y supliquémosle que nos Alcance la Gracia de ser verdaderos Testigos de la Verdad.

Semper Mariam In Cordis Tuo.
CAMINAR

«Qué dispuestos estaríamos a recibir las Gracias de Dios si tuviéramos un juicio recto y exacto sobre nosotros mismos; sobre nuestras verdaderas cualidades, reconociéndolas sin exagerarlas y refiriéndolas a Dios; y sobre nuestros verdaderos defectos y nuestras miserias. sin exagerarlas tampoco, sino viéndolas a la Luz de Dios. El orgullo sería entonces imposible. Los Santos vivían bajo esta Luz. Pequeñas faltas que nosotros consideramos como naderías les parecían enormes a causa de su altísima idea de la Santidad de Dios y de su horror profundo por la menor imperfección. Y como estaban iluminados de una manera extraordinaria, la Humildad de abyección les confundía cuando contemplaban su miseria y les hacía pronunciar sobre sí mismos unos juicios que nos asombran.

Camina con la mirada fija en lo Alto. Elévate hacia Dios constantemente. Deja la tierra en la tierra. Da tu corazón a Jesús cada vez más. No esperes para eso ser Pefecto. No. Dáselo ahora. Dios, que te Conoce y que Vela sobre ti, te dará lo que necesites en tiempo oportuno» (P. Robert de Langeac)

«"Vosotros, como piedras Vivas, sois edificados como Casa espiritual para un Sacerdocio Santo, para ofrecer Sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo" (1 Pe 2, 5): todo esto no significa otra cosa que responder siempre y constantemente, con tenacidad y de manera consecuente, a esa única pregunta: ¿Tú amas? ¿Tú me amas? ¿Me amas cada vez más?» (S. Juan Pablo II).

Semper Mariam In Cordis Tuo.
 El Cristiano, ¿un conformista?

«No amen al mundo, ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el Amor del Padre no está en él» (1 Jn 2; 15): lo que muchas veces hemos hablado, no poner nuestro corazón, posesión, interés, en las cosas de esta vida por sí mismas, fuera de Dios. Por eso dice “el Amor del Padre no está en él”, porque en el corazón no hay lugar para Dios.

S. Juan dice en otro lugar: «En esto está la confianza que tenemos en Él: en que si pedimos algo según Su Voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le pedimos» (1 Jn 5; 14-15).

¿Cuál es la bisagra aquí?

Pedir según Su Voluntad.

Pero como de ordinario no tenemos manifiesta esa Voluntad, entonces seguimos el ejemplo del mismo Jesús: «Si es posible…pero no se haga como Yo Quiero, sino como Quieras Tú». Así lo entendieron los Santos y por eso eran felices. Ellos querían lo que Dios Quería, y no querían lo que Dios no quería. De esa forma, siempre veían cumplidos sus deseos.

Todo esto parece redundante, pero hoy día es necesario hacerlo materia de continua meditación, pues, ¿cuántas veces este mundo exitista nos ha hecho perder el rumbo?

El cristiano no es una persona conformista, sino conformada, es decir, hecha a la forma de su Modelo, que es Jesús. Esto era lo que hacía decir a S. Pablo: «No soy yo el que vive, sino que es Cristo el que vive en mí». Ver a Pablo, era ver a Cristo. Y este Bendito Señor, dijo: «¿De qué sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?» Y en otro lado: «El que ama su vida (según venimos diciendo), la pierde; y el que odia (es decir, el que ama menos) su vida en este mundo (que es pasajero) la guardará para una Vida Eterna» (Jn. 12; 25).

Luego dice: «Si alguno Me sirve, que Me siga, y donde Yo esté, allí estará también Mi servidor» (Jn 12; 26)

Si leemos los versículos anteriores y posteriores, tenemos el contexto de lo que se está refiriendo. Dice:

«En Verdad, en Verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto» (v24). «Ahora Mi alma está turbada. ¿Y qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! ¡Pero si he llegado a esta hora para esto!»(v.27).

Nos está hablando, pues, de la Cruz (He llegado a esta hora para esto). De la Cruz Redentora (Si el grano muere, da mucho fruto).

Por otro lado, la exhortación “que me siga”, recuerda inmediatamente aquella otra invitación: «El que quiera seguirme, tome su cruz cada día, y que Me siga». Hablando en singular, como decíamos una vez, porque en la práctica no son muchos los que aceptan voluntariamente esta forma de seguimiento.

Así vemos que ese estar donde Él está, es la Cruz que poco después abrazaría con amor Ardiente; Cruz que también nosotros debemos abrazar con el mismo ardiente querer. Y para que nadie crea que esto es locura, o sufrimiento inútil o masoquista, se nos hacen dos Promesas: este “morir” a nosotros mismos y al mundo por la Cruz que Dios Quiera darnos, «da mucho Fruto» (nótese que Jesús habla en presente); y luego dice que por servirle de ese modo, «el Padre nos honrará». ¿De qué manera? Con la Vida Eterna.

Algunos rechazan todo esto, porque quieren alegría, alivio, bonanza…todo ahora y no luego. Pero este es un razonamiento muy pobre. Un momento de renuncia, por una Eternidad de Alegría. Un momento de sufrimiento, por una Eternidad de alivio y salud.

No hay paciencia para aguardar, es ahora o ya no vale; como si no nos estuviéramos acercando rápidamente a esa Eternidad cada día y cada momento que pasa.

Por eso los cristianos, por eso tú y yo, ni somos conformistas, ni somos tristes. Vemos la vida con los ojos de la Fe; trascendemos lo sensible, lo material, y ponemos cada cosa en su justo lugar. «Pedís y no recibís, dice el Apóstol, porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones»(Sant. 4; 3).

Y nos advierte: «¿No sabías que la amistad con el mundo, es enemistad con Dios?» (Sant. 4; 4).


Semper Mariam In Cordis Tuo.



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I
«El cielo y la tierra pasarán, pero Mis Palabras no pasarán»
(Mt 24, 35)

Le pedimos al Señor que nos muestre nuestro pecado. Cuando lo descubrimos, es probable que sintamos horror por ello. Si así no fuera, entonces la situación es más grave de lo que podemos pensar.

«El pecado, como enseña el Catecismo, es una ofensa a Dios» (n. 1850).

Detengámonos un momento aquí. Guardemos silencio. Leamos otra vez, muy despacio.

«El pecado...ES...UNA OFENSA…

No es un error.
No es una equivocación.
No es una pequeña debilidad.
No es una faltita.

…A DIOS»

"Ofender", dice el diccionario de la Real Academia, que significa, entre otras cosas: "Herir el amor propio o la dignidad de alguien".

Y el ofendido, con nuestra acción, no es sólo "alguien" más, es el propio Dios.

Entre los hombres, la gravedad de la ofensa se mide según el status social: la misma palabra ofensiva dicha a una prostituta, no tiene el mismo efecto si se la decimos al Presidente de la República. Somos, sin duda, gravemente egoístas y discriminadores.
¿Pero qué sucede cuando la ofensa se dirige a Dios? Decía el Beato Pablo VI, que «el peor pecado, es haber perdido el sentido del pecado» ¡Cuánto nos cuidamos de que nadie se sienta ofendido con nosotros! ¡Cuánto cuidamos nuestras palabras y acciones delante de los demás! Ni hablar, si son nuestros superiores, o alguien socialmente importante.

Mientras, nos olvidamos que Dios es Infinito y si Sus Atributos se identifican con Su Esencia (Dogma de Fe), y por eso decimos que Su Poder Es Infinito, Su Misericordia Es Infinita, Su Amor Es Infinito...la ofensa hecha contra Él, ha de ser necesariamente Infinita. Meditemos esto, porque aquí está la clave para dar el primer paso al arrepentimiento sincero de nuestro corazón, y a la Conversión: el Santo Temor.

«El pecado, sigue diciendo el Catecismo, se levanta contra el Amor que Dios nos Tiene y aparta de Él nuestros corazones». Es cierto que Dios nos Ama a todos, pero a veces, por quedarnos en los números, perdemos la conciencia de que Dios Tiene un amor Personal hacia mí en particular. Y aquí vemos otro detalle de por qué el pecado no es algo para subestimar: no estoy ofendiendo sólo a alguien que tiene Dignidad o Jerarquía, como el director en una empresa; estoy ofendiendo a Aquel que Tiene un Amor Infinito por mí. ¡Qué de obras y palabras no ahorra satanás, el mundo y mi propia carne, para que yo todos los días ponga en duda esta Verdad! "Si Dios me Ama, por qué tal...o cuál...No seamos como el insensato del que habla el Salmista, quien «en su corazón dice: "No hay Dios" (Sal 14 [13], 1).

«El pecado es el amor de sí hasta el desprecio de Dios», escribe S. Agustín. Pensemos en una persona a la que amamos. Imaginemos que hemos dicho algo que la ofende y que la hiere. ¡De cuántos remordimientos no nos llenamos luego! Y si así somos con alguien que nos quiere, y puede dejar de hacerlo mañana, ¿tan duro es nuestro corazón para no sentir el mismo remordimiento por la ofensa a Aquel que nos Ama hoy y nos Ama para siempre? No son mis palabras, sino las Suyas: «Con Amor Eterno te he Amado» (Jer. 31, 3), pues «nos ha Elegido – me ha Elegido- en Él (en Cristo) antes de la Fundación del mundo» (Ef. 1, 4). 

Y el pecado no se trata de un simple “te dejo para más tarde”: el pecado es verdadero desprecio de Aquel que me Habla de Amor. ¡Qué poco pensamos en ello! Y cuántas excusas: soy débil…no pude...quise, pero…
Es cierto, nuestra carne es débil, el mismo Señor nos lo Advirtió: «El espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26, 41), y por eso Mandó: «Vigilen y oren». Pero un altísimo porcentaje de nuestras caídas tienen su origen, no en esa debilidad, sino en el amor profundo que tenemos por nosotros mismos; por eso vamos tras lo que nos gusta, lo que nos da placer, lo que nos es cómodo…aunque muchas de esas cosas ofendan al Dios cuya Vida decimos que queremos vivir. ¡Tan ciegamente soberbios!

No olvidemos otro signo de la gravedad de este verdadero Mal, que nos enseña el Catecismo: el pecado aparta de Dios nuestro corazón.  NOS APARTA DE DIOS. Ahora nos damos cuenta por qué satanás está tan preocupado por borrar la conciencia de pecado de las almas: porque una vez que nos ha sido borrado, su victoria está casi asegurada.

¿Qué es el Infierno? Estar apartados Eternamente de Dios. Y el pecado nos ofrece un lugar de lujo en él. “Cuentos de viejas”, lo llama el mundo. En la misma Iglesia de Cristo ya no se lo menciona. Pero «Jesús Habla con frecuencia de la "gehena" y del "fuego que nunca se apaga" (Mt 5, 22.29; 13, 42.50; Mc 9, 43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y Convertirse, y donde se puede Perder a la vez el alma y el cuerpo (Mt 10, 28). Jesús Anuncia en términos graves que "Enviará a Sus Ángeles [...] que Recogerán a todos los autores de Iniquidad, y los Arrojarán al Horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que Pronunciará la Condenación:" ¡Alejaos de Mí Malditos al Fuego Eterno!" (Mt 25, 41)». (Catecismo Católico n. 1034).

«La Pena principal del Infierno, sigue diciendo el Catecismo, consiste en la separación Eterna de Dios en Quien únicamente puede tener el hombre la Vida y la Felicidad para las que ha sido Creado y a las que aspira» (n. 1035).

¿Por qué se hace necesario recordar estas Verdades de Fe? Porque «las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del Infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino Eterno...Y porque como no sabemos el día ni la hora, constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la Conversión» (Catecismo Católico, n. 1036).

Aunque la nieguen. Aunque la oculten. Aunque la desfiguren. «La Palabra del Señor Permanece Eternamente. Y esta es la Palabra: la Buena Nueva Anunciada a vosotros» (1 Pe 1, 25); y «si alguno os anuncia un Evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea Anatema!» (Gal 1, 9). 

II
«Líbranos de la Condenación Eterna y Cuéntanos entre Tus Elegidos»
(Misal Romano)

«El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos pequeños hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión...» (S. Agustín).

Hablar de pecado ya no es políticamente correcto; sin embargo, enseña el Catecismo que «la Conversión exige el reconocimiento del pecado, supone el juicio interior de la propia conciencia» (Catecismo Católico, n. 1848)

Sta Teresa de Jesús escribe: «Cuando no sientas disgusto por una falta que hayas cometido, teme siempre, porque el pecado, aunque sea venial, se debe sentir con dolor hasta lo profundo del alma...Por amor de Dios, procura con toda diligencia no cometer jamás un solo pecado venial, por pequeño que sea...Piensa: ¿qué cosa puede ser pequeña, siendo ofensa de una tan Grande Majestad?»

¿Qué sucede cuando la tentación nos sorprende y nos hace caer? Apenas nos damos cuenta de la caída, nos arrepentimos de ella, pedimos perdón al Señor, nos levantamos de nuevo y reemprendemos el camino. Cuando la caída es involuntaria, no nos detiene en el camino, pero nos obliga a estar más atentos, pues es indicio cierto de debilidad, como enseña el Apóstol: «llevamos este Tesoro en recipientes de barro» (2 Cor 4, 7). De esta forma, podremos, incluso, sacar más partido a la situación, ya que nos hace más conscientes de nuestra miseria, y nos lleva a la desconfianzas de nosotros mismos, pues como el mismo Apóstol advierte: «El que esté muy seguro, tenga cuidado de no caer» (1 Cor 10, 12). Experimentamos en cada caída, la Verdad de las Palabras de nuestro Señor: «Sin Mí, no pueden hacer nada» (Jn 15, 5). Quede claro, que hablamos de situaciones que no provienen de la mala voluntad, ni de la desobediencia, sino de la debilidad ante una situación imprevista.

«Dios Eterno, Piadoso y Misericordioso Padre, ten Piedad de mí, porque estoy ciego, sin ver nada, miserablemente miserable...Tú, Verdadero sol, entra en mi alma e Ilumíname con Tu Luz...Arroja de mi alma las Tinieblas y Dale Luz; Derrite en ella el hielo del amor propio e Infúndele el Fuego De Tu Caridad» (Sta Catalina de Siena).

El primer Domingo de Cuaresma, cada año, la Iglesia en su Liturgia nos recuerda el Misterioso suceso de las Tentaciones de nuestro Señor en el desierto. Una sarta de tonterías -cuando no, plenas herejías-, se cuentan alrededor de esto, queriendo hacer de Jesús un simple hombre, lleno de dudas sobre Sí mismo y sobre la Voluntad del Padre. Lo cierto es, y apenas resumiéndolo en pocas palabras, que el Señor, Verdadero Dios Hecho Verdadero Hombre, «Probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Hb. 4, 15), Aceptó la Lucha contra satanás, «en el límite máximo que permite Su Santidad, que es la Tentación. Jesucristo Enseña que ha Venido a Liberar al mundo del dominio del Maligno, y al mismo tiempo Merece para todo hombre la Fuerza con que vencer todas sus insidias» (P. Gabriel de Santa Magdalena OP). ¿Cuántas veces hemos vivido la experiencia de que una vez decididos por entero a hacer de los Preceptos Divinos nuestra Meta, el enemigo nos bombardea de todas las formas posibles, exterior e interiormente? Pero justamente, porque el Señor, como se dijo, "fue probado en todo", es que «tenemos un Sumo Sacerdote Capaz de Compadecerse de nuestras flaquezas» (Hb. 4, 15).

Prestemos atención a las Armas que Cristo utilizó para Vencer a satanás para siempre: Oración, Ayuno, y Palabra de Dios. Gran conocedor se mostró también el enemigo de ella, y en su miserable soberbia, pues él también «cree que existe Dios y Tiembla» (Sant 2, 19), intentó hacer tropezar a Jesús utilizándola hábilmente. A esta cualidad del enemigo no solemos prestarle mucha atención. Es hábil, sus Dones angélicos no los perdió, y por ello, es más hábil que nosotros. Se creyó más hábil que Jesús, cuya Divinidad ciertamente no conocía, y utilizó atrevidamente la propia Palabra de Dios para hacerle tropezar y descubrirle. «Si eres el Hijo de Dios», repite expectante. Pero a nosotros sí nos conoce. Sabe nuestras debilidades, y sabe dónde golpear. Y aquí es cuando las Armas de Jesucristo adquieren todo su potencial:

.- Penitencia: «El malvado, si se aparta de todos los pecados que ha cometido, observa todos Mis Preceptos...Vivirá sin duda, no Morirá. Ninguno de los crímenes que cometió se le recordará más; Vivirá a causa de la Justicia que ha practicado» (Ez 18, 21-22)

.- Oración: «Acerquémonos, confiadamente al Trono de Gracia, a fin de alcanzar Misericordia y hallar Gracia para una ayuda oportuna» (Hb. 4, 16). «¡Sean gratas las palabras de mi boca, y el susurro de mi corazón, sin tregua ante Ti, Yahveh, Roca mía, mi Redentor!» (Sal 19 [18], 15).

.- Palabra de Dios: Cada tentación maliciosamente fundamentada por el enemigo, recibió como respuesta: «Escrito Está» (Mt 4, 1-11). «Antorcha para mis pies es Tu Palabra, Luz para mi sendero» (Sal 119 [118], 105): conocer la Palabra de Dios es doblemente importante: primero, porque como dice S. Jerónimo, «desconocer la Sagrada Escritura es desconocer a Jesucristo», y segundo, porque en ella está delineado el único Camino que debo recorrer para alcanzar mi Meta, que es la Salvación: «¡Bienaventurado el hombre que soporta la Prueba! Superada la Prueba, recibirá la Corona de la Vida que ha Prometido el Señor a los que Le aman» (Sant 1, 12). Vale recordar aquí, una vez más, que en la oración soy yo quien habla a Dios, y en la lectura de Su Palabra, es Dios Quien me Habla a mí. «Verdad, los Juicios de Yahveh, Justos todos ellos, apetecibles más que el oro, más que el oro más fino; Sus Palabras más dulces que la miel, más que el jugo de panales. Por eso Tu servidor se empapa en ellos, gran Ganancia es guardarlos» (Sal 19 [18], 10-12)

A esto podemos agregar un Arma más, que recordábamos más arriba:

.- Vigilancia constante sobre mí mismo: «Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26, 41). «Hijo Mío, si los pecadores te quieren seducir, no vayas» (Prov. 1, 10). «Advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros» (Rom 7, 23): «ley, escribe S. Agustín, que pretende arrastrarme cautivo: por muy firme que me sienta debido a Tu Gracia, mientras lleve el cuerpo terreno, en el cual está depositado Tu Tesoro, seguiré temiendo por la fragilidad de este recipiente. Luego Tú eres mi Firmeza para que sea Fuerte en este mundo contra todas las tentaciones. Pero, si son muchas y me perturban, Tú eres mi Refugio. Señor, no me Salvaré sin Ti».

«¡Señor Jesús!, que al empezar Tu vida Pública Te retiraste antes al desierto, atrae a todos los hombres, ¡atráeme a mí!, al recogimiento del alma, que es el principio de la Conversión y de la Salvación. Apartándote de Nazaret, Quisiste probar la soledad, el sueño, el hambre, y enfrentar al mismo tentador, que Te proponía la prueba de los Milagros y a quien contestaste con la Firmeza de la Eterna Palabra, que es prodigio de Gracia Celestial.
No Permitas, Señor, que acuda a los aljibes agrietados (Jer 2, 13), ni que imite al siervo infiel, ni a las vírgenes necias; no Permitas que el goce de los bienes de la tierra torne insensible mi corazón...» (S. Juan XXIII).

III
«¡Dichosos los que Le buscan de todo corazón!»
(Sal 119 [118], 2)

«Presentía ya, no con los ojos de la carne, sino con los del corazón, lo que Dios Tiene reservado a los que Ama. Y viendo que las Recompensas Eternas no guardan proporción alguna con los breves sacrificios de la vida, deseaba amar a Jesús, amarle con pasión, darle mil muestras de amor mientras tuviese aun tiempo de hacerlo» (Sta Teresita de Lisieux).

Escribe el Beato Columba Marmión (Monje Benedictino): «No olvidemos nunca esta verdad: el valor de una persona se mide por lo que busca, por aquello a que se aficiona. ¿Buscas a Dios? ¿Vas a Él con todo el ardor de tu alma? Por muy cerca que estés de la nada por tu condición de criatura, te elevas, porque te unes al Ser Infinitamente Perfecto. ¿Buscas la criatura, y por tanto, satisfacerte de placer, honor, ambición; es decir, te buscas a ti mismo bajo estas formas? Entonces vales lo que la criatura vale, y por tanto, cuanto más despreciable sea la situación, más se envilece tu alma.

Dios, por un movimiento de Amor Infinito hacia mí, Quiere ser para mi alma, más que un Soberano de todas las cosas: Quiere ser un amigo, un Padre. Desea que Lo conozcamos como Es en Sí, Fuente de Verdad y de Belleza, aquí, en este mundo, bajo el velo de la Fe, y allá, en el Cielo, en la Luz de la Gloria. Quiere que por el amor le poseamos en nuestra vida aquí, y allá, como Bien Infinito y principio de toda Bienaventuranza».

No sorprende, pues, por qué el mundo ya no reconoce este lenguaje. Y tampoco, el hecho de que trate de ilusos, tontos, soñadores, fanáticos -por decirlo suavemente- a quienes intentamos seguir ese camino. Sin embargo, el Señor dijo: «Sed Perfectos, como Es perfecto vuestro Padre Celestial» (Mt 5, 48). Esta Palabra no ha perdido vigencia y son irreales las objeciones que se oponen, puesto que existe algo llamado GRACIA, «el Auxilio Gratuito que Dios nos Da para responder a Su Llamada: llegar a ser hijos de Dios (Jn 1, 12-18), partícipes de la Naturaleza Divina (2 Pe 1, 3-4), de la Vida Eterna (Jn 17, 3)» (Catecismo Católico, n. 1996). «Esta vocación a la Vida Eterna es Sobrenatural. Depende enteramente de la Iniciativa Gratuita de Dios, porque sólo Él puede Revelarse y Darse a Sí mismo. Sobrepasa la inteligencia y la voluntad humana» (Catecismo Católico, n. 1198). «Ciertamente, escribe S. Agustín, nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que Trabaja». Eso significa que esta Iniciativa Libre de Dios, exige nuestra libre respuesta. Por ello, «entre las Gracias especiales, sigue diciendo el Catecismo, conviene mencionar las GRACIAS DE ESTADO, que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana» (n. 2004).

S. Benito escribe: «Dios Se ha dignado contarnos en el número de Sus hijos, abstengámonos, pues, de contristar jamás a Dios con nuestras malas obras y no le obliguemos a Desheredarnos algún día como a hijos rebeldes que no quisieron obedecer a tan Bondadoso Padre».

En esta búsqueda, ¿hemos de enterrar nuestros talentos? No. Sólo debemos comprender que el fin no está en ellos. El fin es más elevado: «es Dios, dice el Beato Marmión, buscado por Sí mismo…Y buscar a Dios, es acercarnos a Él con una Fe cada vez más ardiente, con una fidelidad cada vez más exacta en el cumplimiento de Su Voluntad».

¿Cuántos años de nuestra vida hemos estado en el grupo de los que no pueden repetir con S. Francisco de Asís: «Mi Dios y mi Todo». De los que no pueden repetir con S. Pablo: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor...todas las cosas, las tengo por basura para ganar a Cristo» (Fil 3, 8). Sin embargo, Dios no se cansa de Llamarnos, como Él nos lo dice: «Estoy a la puerta y Llamo» (Apc 3,20). «¡Si escucharais hoy Su Voz –nos amonesta el Salmista-, no endurezcáis vuestro corazón!» (Sal 95 [94], 7-8).

«No tengamos, escribe Benigno Bossuet, las pequeñas aficiones de la concupiscencia como algo sin mucha importancia. Es subestimar la naturaleza de nuestro corazón, que por poco que se le deje, se concentra inmediatamente en ello y lo hace objeto de nuestro deseo. Hemos de arrancarlo todo, desasirnos de todo». Desasimiento, a ejemplo de los Apóstoles, quienes pudieron decir al Señor: «Lo hemos dejado todo para seguirte» (Mt. 19, 27).

Este no es camino sólo para Sacerdotes o para Religiosos. Es el camino para todo cristiano y «el Señor Es Fiel» (II Tes. 3, 3),  «no abandona a los que Le buscan» (Sal 9, 11), y «se Manifiesta a los que no desconfían de Él» (Sab 1, 2).

«A medida que la Fe, escribe S. Benito, y con ella la Esperanza y el Amor, aumentan en el alma, esta corre, dilatado el corazón, por los caminos de los Preceptos Divinos con dulzura de Caridad». Porque una de las razones, sino la principal, por la que no vivimos la Fe que decimos tener, no es otra que la falta de amor a Dios. Al principio decíamos que el pecado se levanta contra el Amor que Dios nos tiene, y ¿cómo puede ser esto, sino por una fuerza contraria al amor: el desamor? Pero, como dices Columba Marmión: «Si nuestra alma es leal, Dios nos Dará a conocer los estorbos que en ella se oponen a tender plenamente hacia Él. Nuestro Fin y nuestra Gloria es buscar a Dios», y como dijimos, buscarlo por Sí mismo, sólo porque es Él, para poder repetir con el Salmista: «Hermosa es la Herencia que me ha tocado» (Sal 16 [15], 6).

«Quizá no logremos realizar este ideal en un día, o en un año, nos advierte el Beato Marmión; y ciertamente no lo alcanzaremos sin trabajo y sufrimiento, pues se requiere una gran generosidad para con Dios, pero estemos seguros que Él, quien no se deja ganar en generosidad, Recompensará cada esfuerzo, porque si persevera, dice Sta Teresa, no se niega Dios a nadie; poco a poco va fortaleciendo el ánimo, para que llegue a la Victoria. Cuando el alma se resuelve, lo único que cuesta es el primer paso, pues desde el momento que nuestro amado Señor Ve nuestra buena voluntad, Él hace lo demás».

Digamos con S. Alfonso María de Ligorio: «Señor, Dame a entender qué es lo que quieres de mí, que yo quiero hacer todo lo que Tú quieras. Hazme entender que cuando quiero lo que Tú Quieres, entonces quiero mi mayor Bien, pues ciertamente Tú no Quieres más que lo Mejor para mí...Sé Tú, Señor, el único Señor de mi corazón. Poséelo todo; y que mi alma sólo Te ame a Ti, que a Ti sólo Te obedezca y trate de complacer...Jesús mío: te doy enteramente mi corazón y mi voluntad. Un tiempo Te fue rebelde, pero ahora toda Te la consagro a Ti, ¡Amor Digno de infinito amor!»

IV
«Aprende a volver a Aquel de Quien te habías apartado»
(S. Benito)

Buscar a Dios, implica volver a Aquel de Quien nos apartamos por el pecado. Satanás pecó, y arrastró tras de sí la tercera parte de la Creación, alejándola del Creador. Adán pecó, y arrastró tras de sí a toda su descendencia, alejándola también del Creador. Así nosotros. Como vimos en la definición de pecado, este es una ofensa que nos aparta de Dios, y si la muerte nos encuentra en Estado de pecado mortal, esa separación es Eterna. Pero El Señor, que es «lento para la Ira y Rico en Misericordia» (Sal 103 [102], 8), no nos deja ciegos en el camino para que busquemos a tientas, sin saber muy bien a dónde ir. Él Quiere que le busquemos, pero de la forma que Quiere ser buscado. Por eso no somos capaces casi de ningún progreso, porque muchas veces hemos creado una santidad a nuestra manera. El Apóstol S. Pablo nos enseña que Dios «nos ha Revelado el Secreto escondido desde hace muchos siglos» (Col. 1, 26), y estos Secretos que encierra el Plan Divino, el mismo Apóstol lo ha descubierto en pocas palabras: «Hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza» (Ef. 1, 10).

«Dios Quiere Dárnoslo todo, escribe el Beato Marmión, Quiere Darse todo entero, pero sólo se nos Da, por Medio de Cristo, en Cristo y con Cristo.

Dios Quiere que Le busquemos como Es en Sí mismo, pero, como dice S. Pablo, Dios «Habita una Luz inaccesible» (1 Tim 6, 16). ¿Cómo llegar a Él?: por Jesucristo, Dios Verdadero, Hecho Verdadero Hombre. Él es Quien se convierte en nuestro Camino (Jn 14, 16): Camino seguro, Infalible: «El que Me siga no caminará en la Oscuridad, sino que tendrá la Luz de la Vida» (Jn 8, 12); pues «nadie va al Padre sino por Mí» (Jn 14, 6).

¿Cómo viene a Ser Camino que nos Conduce al Padre? Con Su Doctrina y Ejemplo, porque «Hizo y Enseñó» (Hch. 1, 1)».

No podemos amar a quien no conocemos, frase repetida muchas veces. ¿Y cómo amar, e incluso buscar, a Quien no se conoce? Pero Jesucristo, el Hijo de Dios, «el Unigénito, Está en el Seno del Padre» (Jn 1, 18), y Él mismo ha Dicho: «Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo Quiera Revelar» (Mt. 11, 27). Por otro lado, el Padre Celestial, confirma solemnemente Su Voluntad en dos ocasiones: durante el Santo Bautismo del Señor, y durante Su Transfiguración en el Monte Tabor: «Este es mi Hijo, El Muy Amado, en Quien Me Complazco» (Mt. 3, 17); «Este es Mi Hijo Amado, en Quien Me Complazco; escuchadle» (Mt. 17, 5). Repitamos, entonces, con Fe, junto al Apóstol S. Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú solo tienes Palabras de Vida Eterna» (Jn. 6, 69).

Jesús es Camino, además, con Su Ejemplo, como nos lo recuerda el Apóstol Pedro: «Cristo Sufrió por vosotros, dejándoos Ejemplo para que sigáis Sus huellas» (1 Pe 2, 21). El Señor nos Dice: «Os he Dado Ejemplo, para que también vosotros hagáis como Yo» (Jn 13, 15). Sus Ejemplos, pues, son Normas de Santidad, y sin miedo, a pesar de nuestros pecados, con absoluta confianza, debemos ir a Él, porque Él mismo nos Dice: «Al que venga a Mí no lo Echaré fuera» (Jn 6, 37). «No nos apartemos nunca de este Camino, escribe el Beato Marmión, pues si nos salimos de él nos extraviaremos y correremos peligro. Si le seguimos, desembocaremos infaliblemente en la Vida Eterna: «Padre, los que Tú Me has Dado, Quiero que donde Yo Esté, estén también Conmigo» (Jn 17, 24). Si nos dejamos Guiar por Quien es «Verdadera Luz del mundo» (Jn 1, 9), podremos andar con paso seguro». 

«El que cree –en Mí-, tiene Vida Eterna» (Jn 6, 47).  De esta forma, podré repetir con el Salmista: «Aunque ande en valle de sombra de Muerte no temeré Mal alguno, pues Tú Vas conmigo» (Sal 23 [22], 4).

Ya sabemos cuál es el Camino para volver a Dios; pero no basta conocerlo, hay que tener fuerza para recorrerlo. Y una vez más,  Jesucristo nos  Ilumina al Decir: «Como el Padre Tiene Vida en Sí mismo, así también Le ha Dado al Hijo Tener Vida en Sí mismo» (Jn 5, 26), ¿y cómo recibimos nosotros de esa Vida?, pues comiendo Su Cuerpo y bebiendo Su Sangre: «Porque Mi Carne es Verdadera Comida y Mi Sangre Verdadera Bebida» (Jn 6, 55), y «el que come Mi Carne y bebe Mi Sangre, tiene Vida Eterna, y Yo le Resucitaré el Último Día» (Jn 6, 54).

Por eso no podemos volver a Dios, separados –mientras aun sea posible recibirlos, considerando la situación actual -, de los Sacramentos: Confesión y Eucaristía. El primero nos limpia, nos dispone para recibir dignamente al Señor y nos eleva con el reconocimiento de nuestra miseria, pues «todo el que se humilla será Ensalzado» (Mt 23, 12); y el segundo nos Diviniza uniéndonos al mismo Dios; haciendo, con ello, temblar al Infierno. 

«El camino de la Perfección, nos recuerda el Catecismo, pasa por la cruz. No hay Santidad sin renuncia y sin combate espiritual» (n. 2015). «El que asciende, escribe S. Gregorio de Nisa,  no termina nunca de subir, y va paso a paso. La Perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite»

CONCLUSIÓN

S. Juan Pablo II, en su Encíclica Dives In Misericordia, escribe:

 «Nadie ha Experimentado, como María, la Madre del Crucificado, el Misterio de la Cruz, el pasmoso encuentro de la Trascendente Justicia Divina con el Amor…Nadie como Ella, ha Acogido de Corazón ese Misterio…María, pues, es la que Conoce más a fondo el Misterio de la Misericordia Divina. Sabe su Precio y Sabe cuán Alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la Misericordia: Virgen de la Misericordia o Madre de la Divina Misericordia. Asunta a los Cielos, no ha dejado esta Misión Salvadora, sino que con su múltiple Intercesión continúa Obteniéndonos los Dones de la Salvación Eterna».

Recurramos a Ella en este tiempo de búsqueda de Dios, de regreso a Dios, y pidámosle que nos Alcance la Gracia de perseverar en esa búsqueda y en ese regreso, para que ambos sean según la Divina Voluntad. Que sea generoso para con Dios, que Infinitamente Generoso  ha Sido conmigo, pues «de tal manera me Amó, que Dio a Su Hijo Unigénito para que no Perezca, sino que tenga Vida Eterna» (Jn 3, 16).

«Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6): Camino fuera del cual me extravío y no llego a mi única Patria: el Cielo, pues  «nadie puede merecer la Gracia primera que constituye el inicio de la Conversión» (Catecismo Católico, n. 2027); Verdad fuera de la cual sólo camino en la oscuridad del error y la mentira; Vida, fuera de la cual solo hallo la Muerte, y esta, por la Eternidad.

«Dios, Padre Misericordioso, Concédeme, como al hijo pródigo, el Gozo de volver a la Casa Paterna. Cristo, Modelo de Oración y de Vida, Guíame a la auténtica Conversión del corazón, a través del camino de esta Cuaresma. Espíritu Santo, Espíritu de Sabiduría y de Fortaleza, Sostenme en la lucha contra el Maligno, para que pueda Celebrar con Cristo la Victoria Pascual.  Amén» (Misal Romano).

Santa María Madre de Dios, Ruega por mí, pecador, ahora, y en la hora de mi muerte. Amén.

«No me dejes, Señor, caer en tentación, y Líbrame del Maligno. Amén» (Mt 6, 13).


¡Levantémonos y comencemos a caminar!

MUNDANIZACIÓN EN LA IGLESIA

Te invito a leer este Artículo, escrito por el P. Nelson Medina OP

«Ayunar en orden a compartir nuestros bienes con los pobres es bueno y santo pero la razón más plena y bíblica del ayuno no es solucionar un problema social.

El hecho de que tantos se sientan casi obligados a explicar el ayuno en clave de ayuda humanitaria parece ser signo de algo más profundo. Parece que poco a poco nos quieren matricular a todos en la “ICA,” la Iglesia Católica ACOMPLEJADA, que necesita demostrarle a todos, una y otra vez, que los católicos no vamos a ser una cuerda disonante en la “música” que hoy deleita al mundo. Se cumple así lo que dijo San Pablo: “vendrá tiempo cuando no soportarán la Sana Doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos” (2 Timoteo 4,3).

La mundanización. Conviene apuntar aquí algunas señales que nos ayudan a despertar a esa realidad nefasta para la Fe:

(1) Eliminar las palabras incómodas del Evangelio, empezando por pecado, arrepentimiento, Conversión y Salvación.

(2) Ocultar sistemáticamente lo que concierne al Sacrificio Redentor de Cristo. Y por ello: disminuir o hacer desaparecer términos como Cruz, Sangre, Sacrificio, Sacramentos, abnegación, valor incomparable del Martirio.

(3) Presentar la vida cristiana como un conjunto de “ideales” que pueden servir de inspiración, modelo o guía pero que son eso: ideales y por tanto no se le pueden exigir a nadie. Lo cual implica que no hay una diferencia real entre lo Bueno y lo Malo sino una serie infinita de grados y matices, una escala en la que todos cabemos y que por lo tanto hace aceptables, en cierta medida, todos los comportamientos.

(4) Privilegiar algunos pecados por encima de los demás. Los pecados “privilegiados,” o pecados con corona, tienen un régimen especial. Son tratados con delicadeza, eufemismos, circunloquios, sonrisas de profunda empatía, gestos de comprensión frente a lo inevitable. Ejemplo: la esclavitud de seres humanos en el siglo XVII; las prácticas homosexuales en el siglo XXI. Como lógica consecuencia, otros pecados son presentados en cambio como lo peor de lo peor, por ejemplo, la corrupción política o el daño ecológico. Este tipo de faltas, que pueden ser muy graves, están sobredimensionadas en algunos sermones actuales, que quizás quieren caer bien en los oídos de los que ya piensan de ese modo.

(5) Disculparse una y otra vez de las mismas fallas del pasado, cometidas por cristianos católicos a lo largo de los siglos. Como si cada discurso hubiera que empezarlo SIEMPRE pidiendo perdón por Galileo, la inquisición, la Matanza la Noche de San Bartolomé, el abuso sexual a menores, el daño causado a culturas aborígenes. Sin quitar importancia a las fallas graves allí sucedidas, uno ve que esos reconocimientos por parte nuestra no encuentran una contraparte por parte de los ateos, los protestantes, los comunistas o los que han perseguidos sistemáticamente la Religión.

(6) Justificar, tácita o explícitamente, la existencia de la Iglesia solo en la medida en que es una institución humanitaria que resuelve problemas sociales y ayuda a una convivencia pacífica entre todos.

(7) Abandonar en las nieblas del agnosticismo–endulzado con matices generalísimos sobre la Misericordia Divina–los temas propios de la Vida Eterna y las Postrimerías.

(8) Tener siempre a mano una serie de etiquetas y caricaturas para descalificar a todos los que pretendan hablar del Evangelio con un lenguaje que recuerde la radicalidad, la Santidad o aquello de que no vale nada el mundo entero si uno pierde su alma. Las etiquetas preferidas serán: fariseos, rigoristas, legalistas, preconciliares, cruzados y sobre todo: “nostálgicos de una Cristiandad ya superada.”

La buena noticia es que hay acciones prácticas que uno puede hacer para quitarle fuerza a la mundanización de la Iglesia.

(1) Si uno compra libros del autor espiritual de moda, que nunca habla de Redención ni del valor de la Sangre de Cristo, uno está fortaleciendo la mundanización. Si en cambio uno busca y compra autores clásicos, de probada Virtud y Doctrina, está haciendo un bien a la Iglesia.

(2) Si uno va a la película que todo el mundo está viendo, y que contiene blasfemias y lenguaje sacrílego, uno es parte de la mundanización de la Iglesia y está fortaleciendo a los enemigos de Cristo.

(3) Si uno sistemáticamente prefiere el arte religioso que disimula el Dolor Cristo, por ejemplo con cruces del Resucitado, posiblemente está favoreciendo la idea de la entrega absoluta por la Gloria del Padre y por nuestra Salvación no es el Camino propio de todo cristiano.

(4) Si uno guarda silencio cuando por enésima vez se recuerdan heridas o problemas de la Iglesia, de seguro uno está siendo cómplice del buenismo y la mundanización. Si uno en cambio reconoce con claridad lo que hay que reconocer pero además sabe bien y difunde bien lo que hoy se calla por mediocridad y por complejo está haciendo una gran obra.

(5) Pero es sobre todo la vida nuestra, la de cada uno en su vocación y lugar, la que puede hacer la diferencia. Si somos expresión de la profundidad y extensión del Reinado de Cristo podremos ser también Testigos que con Su Vida y Sus Palabras proclamen: ¡Viva Cristo Rey!»
Semper Mariam In Cordis Tuo.

¿QUÉ PUEDO HACER?

«El Señor Es Poderoso en Obras y en Palabras», por eso el pueblo quedó admirado de Su Doctrina y de que no Enseñaba como sus escribas y fariseos (Mc. 1, 28). Jesús no solamente hablaba sino que también Obraba Milagros con Su Poder; más aún, no sólo en esto estaba esa “Autoridad”, sino que a diferencia de aquellos «que imponían cargas intolerables al pueblo y que ellos no tocaban ni siquiera con un dedo» (Lc. 11, 46), Jesús Bendito daba primero Ejemplo y luego Proponía el Camino. ¿Quién mayor que Él, a la hora de Perdonar a los enemigos, de Soportar todo con Paciencia y Humildad, de mostrar Misericordia para con el pecador, Caridad con el enfermo y con los mismos que ya habían partido de este mundo? Y este es sólo un pobre resumen. ¿Quién fue el primero, si no Jesús, en Entregar Su vida por Obediencia y por Amor Gratuito a tantas almas ingratas, como la tuya y la mía?

“¿Qué obras puedo hacer yo?”, dirás. Mi edad, mi salud, el poco tiempo…Podemos hacer una Obra, la más grande, de la cual nadie está exento: AMAR.

Todos podemos hacer cada una de nuestras cosas, diarias, pequeñas, desconocidas, con AMOR. El Amor era el signo por el cual los paganos reconocían a los cristianos de la Iglesia de los primeros años.
¿Y eso cómo se hace? El Apóstol Pablo nos lo dice: «La Caridad es Paciente…servicial…no es envidiosa…no es jactanciosa…no se engríe…es decorosa…no busca el propio interés…no se irrita…no toma en cuenta el Mal…se alegra de la Justicia…se alegra con la Verdad…todo lo excusa…todo lo cree…todo lo espera…todo lo soporta» (1 Cor. 13, 4-7).
Cuando nos esforzamos por vivirlo, entonces nuestras palabras adquieren un verdadero poder de Consuelo para los demás. Allí nos convertimos en «Sal de la tierra» (Mt. 5, 13).

Haz Jesús mío, que todo el mundo piense en Ti, que toda la Tierra Te conozca, y que mi alma sea inundada por Tu amor Misericordioso. Arroja de mi corazón todo lo que no sea Tuyo. Y que no me apropie de lo que Te pertenece, pues «Tuyo es el Poder y la Gloria, por los siglos de los siglos». Amén.

Semper Mariam In Cordis Tuo.
DONDE ESTÉ TU TESORO, 
ALLÍ ESTARÁ TAMBIÉN TU CORAZÓN 
(Mt 6, 21)

«El primer efecto que causa el amor, o acaso es mejor decir, la primera forma bajo la cual el amor mismo se presenta, es el deseo: desear al objeto o a la persona amada, desear noticias o historias suyas, hablar de él, pensar en él.

Esto es lo que ocurre con el amor de Dios, que en cuanto prende en el alma, causa esa ansia, esa especie de curiosidad para buscar dónde se halla Dios y cómo poder más íntimamente conocerle. Es la inquietud y el afán con que Santo Tomás de Aquino, muy niño aun, insistía los monjes de Montecasino, sus preceptores, preguntándoles: "¿Quién es Dios?...¿Pero no me dicen más de Quién es Dios?

Es el deseo incontenible con que las almas que comienzan a marchar por las Vías del Espíritu buscan incansables la Palabra Divina. Es la prisa con que corrió Magdalena a postrarse a los pies de Jesús, cuando indiferente a todo lo demás, oyó que decían: "Ahí está el Maestro".

El pensamiento sigue a la voluntad como la llama al fuego; y la voluntad anda por donde anda el objeto de su amor. Cuando Dios es el Objeto de nuestro amor, sentimos esa especie de atracción hacia Él, una especie de inmantación como la brújula hacia el polo. Un ansia, un hambre, una sed irresistible, un interés creciente por todo lo Divino.

¿Sientes de esta manera el amor de Dios?

Es verdad que al comienzo de la vida espiritual, cuando es sincero nuestro esfuerzo, suele ser difícil el sentir el amor de ese modo, y muchas veces apenas nos atrevemos a decirle a dios que le amamos. Pero no por esforzado, es menos meritorio.

Y como la voluntad ya va hacia Dios, comienza a buscarle en la oración, y a dirigir hacia Él, aunque con igual esfuerzo, el pensamiento; porque la oración, propiamente no es más que eso: poner en Dios el pensamiento, levantar la mente a Dios. Cuando nuestro corazón está puesto en Él brota en nosotros el deseo de oración, que es el medio de entrar en trato íntimo con el Señor.

La oración es efecto y es causa del amor juntamente: es efecto porque nadie se pone en oración sino por amor; y causa, a su vez, porque de la oración sale siempre el amor fortalecido y acrecentado. Por otra parte, es un excelente ejercicio de amor por las dificultades no pequeñas que consigo trae, pues ¿cuántas distracciones nos alejan del interés primero que es Dios, y cuánto esfuerzo nos cuesta encausar nuestra mente y atención a Él?
Si nos preguntan en  qué nos distraemos, diremos seguramente: "nada, en tonterías". Pero si queremos examinarnos a fondo, veremos que hay mucho que nos interesa en "esas tonterías" fuera de Dios. Cuando algo nos distrae, de alguna manera es para nosotros objeto de alguna forma de amor, es algo que nos halaga o que nos satisface; o que nos duele o contraría, lo cual también es parte del amor propio. Por eso, rechazar distracciones, luchar por fijar en Dios el pensamiento, ampliando los conocimiento sobre Él, oyendo, hablando de Él, fijando la atención en Él, es engendrar amor hacia Él y acrecentar más y más ese amor" (Fr. Menéndez Reigada OP).

Semper Mariam In Cordis Tuo.