Esta es una página de difusión de la Fe Cristiana a la luz del Magisterio de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.

«Es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da Testimonio y Anuncia». (B. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, nº 24)
EL QUE SE DECLARE POR MÍ

«To do el que se declare por Mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se Declarará por él ante los Ángeles de Dios» (Lc. 12, 8).

Actas de los santos Carpo, Pápilo, Agatónica, y compañeros (tercer siglo), Mártires.

Martirio de Carpo

    En tiempo del emperador Decio, Óptimo era procónsul de Pérgamo; el bienaventurado Carpo, obispo de Gados, y el diácono Papilo de Tiatira, confesores de Cristo los dos, comparecieron ante él, el procónsul dice a Carpo: 

      — ¿Cómo te llamas? 
      — Mi primer nombre, el más bello, es Cristiano. Mi nombre en el mundo es Carpo. 
      — Conoces, ¿no es cierto?, los edictos de los Césares que os obligan a sacrificar a los dioses, amos del mundo. Te mando acercarte y sacrificar. 
      — Soy cristiano. Adoro a Cristo, el Hijo de Dios, que ha Venido a la tierra en los Últimos tiempos para Salvarnos y Librarnos de los engaños del demonio. Así es que no voy a sacrificar a semejantes ídolos. 
      — Sacrifica a los dioses, tal como lo ordena el emperador. 
      — Que mueran los dioses que no han creado el cielo y la tierra. 
      — Sacrifica, el emperador lo quiere. 
      — Los vivos no sacrifican a los muertos. 
      — Así, según tú crees ¿los dioses son unos muertos? 
      — Perfectamente. Y mira como es: se parecen a los hombres, pero son inmóviles. Deja de cubrirlos de honores; puesto que no se mueven, los perros y los cuervos los cubrirán de desechos. 
      — Se trata de sacrificar… Ten piedad de ti mismo. 
      — Es por eso que he escogido la mejor parte. 

    Ante estas palabras el procónsul le hizo colgar… y desgarrar su cuerpo con la uñas de hierro… 

Martirio de Papilo 

    Entonces el procónsul se giró hacia Papilo, para interrogarlo. 

      — ¿Eres tú de la clase de los notables? 
      — No. 
      — Entonces ¿qué eres tú? 
      — Soy un ciudadano 
      — ¿Tienes hijos? 
      — Muchos, gracias a Dios 
    Una voz desde la muchedumbre gritó: “Son los cristianos a quienes él llama sus hijos.” 
      — ¿Por qué me has mentido diciendo que tienes hijos? 
      — Constata que no miento, sino que digo la verdad: en todas las ciudades de la provincia tengo hijos según Dios 
      — Sacrifica o explícate. 
      — Sirvo a Dios desde mi juventud, jamás he sacrificado a los ídolos; yo mismo me ofrezco en sacrificio al Dios Vivo y Verdadero, que Tiene Poder sobre toda carne. He terminado, no tengo nada más que añadir. 

    Lo ataron también a él al caballete y fue desgarrado con las uñas de hierro. Tres equipos de verdugos se relevaban, sin que a Papilo se le escapara ningún gemido. Como un aguerrido atleta, miraba en silencio el furor de sus enemigos… El procónsul les condenó a ser quemados vivos… En el anfiteatro, los espectadores más próximos vieron que Carpo sonreía. Sorprendidos le preguntaron: “¿Por qué sonríes?”. El bienaventurado respondió:

 “Veo la Gloria del Señor, y estoy lleno de gozo. Heme aquí libre desde ahora; ya no volveré a conocer vuestras miserias”… 

 Martirio de Agatónica 

    Una mujer que asistía al Martirio, Agatónica, vio la Gloria del Señor que Carpo decía haber contemplado. Comprendió que era un Signo del Cielo, y rápidamente gritó: 

“Este Festín se ha preparado también para mí… Soy cristiana. Nunca he sacrificado a los demonios, sino solamente a Dios. Muy a gusto, si soy digna de ello, seguiré las pisadas de mis maestros, los Santos. Es mi mayor deseo”… El procónsul le dijo: “Sacrifica, y no me obligues a condenarte al mismo suplicio”. 
      — Haz lo que te parezca bien. He venido a sufrir por el Nombre de Cristo. Estoy dispuesta.

    Al llegar al lugar del suplicio, Agatónica se quitó los vestidos y, muy gozosa, subió a la hoguera. Los espectadores estaban admirados de su belleza; y se lamentaban: “¡Qué inicuos juicios y qué decretos tan injustos!”. Cuando sintió que las llamas tocaban su cuerpo, grito por tres veces: “Señor, Señor, Señor, Ven en mi Ayuda. Es a Ti a Quien recurro”. Estas fueron sus últimas palabras.

«Quien quiera salvar su vida la Perderá; pero quien pierda su vida por Mí y por el Evangelio la Salvará» (Mc 8, 35).

Que el Señor no nos Castigue como merecen nuestros pecados y nos Conceda la Gracia de la Perseverancia final. 

Santa María, Madre de Dios, Ruega por nosotros pecadores, ahora, y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Semper Mariam In Cordis Tuo.


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