Esta es una página de difusión de la Fe Cristiana a la luz del Magisterio de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.

«Es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da Testimonio y Anuncia». (B. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, nº 24)
LO DEJAMOS TODOS POR SEGUIRTE


Los Apóstoles hacen notar a Jesús que han dejado todo por seguirlo. A primera vista sólo parece que Jesús realiza una Promesa, de que aquel sacrificio no quedará sin su recompensa. Y no está mal pensar así, pues el mismo Señor ya había advertido que todo sería dado por añadidura al que primero siempre buscara el Reino de Dios y Su Justicia (Mt. 6, 33).
Pero también, Sus palabras parecen envueltas en un dejo de tristeza. No olvidemos que aunque Marcos la omite, Mateo refiere que luego de exponer a Jesús lo que hicieron “por Él”, el Apóstol pregunta: «¿Qué recibiremos, pues?» (Mt. 19, 27).
Si seguimos leyendo el Texto de San Marcos, más adelante cuenta el Evangelista el episodio donde dos de ellos reclaman un lugar junto al Trono de Dios (10, 35-37).
Los corazones de sus discípulos se dirigían a Cristo, pero no eran todavía libres.
Habían dejado su vida atrás en seguimiento del Señor, pero aun esperaban obtener algo, sin comprender que ya lo habían recibido: el propio Jesucristo, pues «en Él somos Enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento» (1 Cor. 1, 5).
«Juzgo que todo es pérdida, dice el Apóstol Pablo, ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús» (Fil. 3, 8). Y no sólo le llama pérdida, sino que va más allá: «Tengo todo por basura con tal de ganar a Cristo».
¿Cuál es el verdadero Tesoro para nuestra alma?
Los Apóstoles ya lo tenían, pero no se daban cuenta de ello. Esperaban todavía una recompensa ante su sacrificio material. Yo dejé esto, ¿qué me toca? Y así es nuestra alma muchas veces. Hacemos un intercambio con Dios. Yo te doy, Tú me Das. ¿Cuántas veces reprochamos a Dios tantas oraciones, tantos ayunos, tantas Misas a las que vamos y parece que en nuestra vida no pasa nada, de lo que nosotros, por supuesto, suponemos debe pasar. Todo lo que yo hago por Dios, ¿y Él qué hace por mí? Ya recé mucho en mi vida.
Y aun así, nos seguimos considerando personas de Fe firme.
Ciertamente que los Apóstoles creían y querían a Jesús. Como nosotros. Pero al igual que ellos, esa Fe y ese querer, todavía necesita ser purificado. Dios no sólo Quiere que nos despojemos de las cosas materiales, Quiere que nos despojemos de nosotros mismos: «Dame, hijo Mío, tu corazón», nos dice a ti y a mí (Prov. 23, 6). El joven rico no supo deshacerse de sus bienes; nosotros, tal vez, no tengamos los mismos bienes que él poseía, pero tenemos uno que es sólo nuestro, y es, precisamente, nuestro corazón, nuestro amor. Es lo único que libremente podemos dar o negar. Todo lo demás, Proviene de Dios: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Cor. 4, 7).
«Alegrémonos, como escribe el Apóstol Pedro, aun cuando ahora tengamos que sufrir un poco por adversidades de toda clase, a fin de que nuestra Fe, sometida a Prueba, sea hallada digna de alabanza el Día de la Manifestación de Cristo» (1 Pe 1, 6-7). Jesús, que Es Dios, pero también Hombre Verdadero, Asumió nuestra naturaleza porque tú y yo estábamos perdidos, teníamos la Puerta del Cielo cerrada. El Amor, entonces, «se nos Revela en la Encarnación» (S. José Escrivá de Balaguer). No Vino, el Verbo Eterno, a esta tierra, para dar un paseo por la costa, ni para recostarse plácidamente al sol. Vino a este mundo para Hacer de Su Vida terrena, el Instrumento que rompiera las cadenas que cerraban esas Puertas Celestiales. Más aún, rompió con Su Muerte en la Cruz las cadenas que me ataban a los muros del Infierno. No estaba obligado, no estaba necesitado, no estaba condicionado. Quiso. Libremente. Y no sólo Dio Su vida, como si esto solo no bastara, sino que además, Quiso Quedarse cada día con nosotros y eso sucede en el Santísimo Sacramento del Altar, donde Está verdaderamente, con Su Cuerpo, Su Sangre, Su Alma y Su Divinidad. Un Santo le decía, «no sé qué me admira más, si Tu Amor, o Tu Poder».
Tal vez, como los Apóstoles, hemos dejado mucho. Quizás nos falta mucho más para abandonar por amor. Pero pidamos a Dios que nos Dé la Gracia de comprender que el mayor Tesoro que un alma puede poseer, es el mismo Dios. Y apurémonos por establecer allí nuestro corazón, pues Jesucristo lo dijo: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón» (Mt. 6, 21). Por eso, «como hijos obedientes, no vivamos conforme a las pasiones, que teníamos antes, en el tiempo de la ignorancia» (1 Pe 1, 14).
«En Dios solo, descansa, alma mía, de Él Viene mi Esperanza; solo Él mi Roca, mi Salvación, mi Ciudadela, no he de vacilar» (Sal. 61, 6).
Semper Mariam In Cordis Tuo.

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